Entradas

Puntos de inflexión.

"He odiado las palabras y las he amado, espero haber estado a su altura". La ladrona de libros (Markus Zusak) Tú. Sí, tú.  Que tienes miedo de lanzarte a escribir porque crees que se te ha olvidado, como si lo único que tuvieras que hacer no fuera tan sencillo como abrirte en canal y dejar que la sangre fluya. Tú, que vives a bordo de una montaña rusa y a veces sólo necesitas un poco de paz. Que desde fuera pareces un mar en calma y por dentro truenas. Que te has perdido otra vez y más que nunca, que rompes a llorar de repente porque sí. Porque la tormenta a veces se desborda. Tú. Que atravesaste un infierno sin pestañear y ahora no sabes a qué espina aferrarte. Que piensas que ya no tienes fuerzas y entonces avanzas un poquito más. Que no ves la puñetera luz al final del puñetero túnel, pero confías muy ciegamente en que en algún momento tiene que llegar. Tú, que tenías tanto que contar que dejaste de hacerlo por miedo a las palabras que pudieran salirte de dent...

4923.

Decido volver a escribir y lo primero que hago es publicar un borrador que en su momento me guardé para mí. Ahora tiene menos sentido, porque llevamos 3 meses de 2018 y esto era una despedida al 17, pero, ya ves tú, el 2017 fue lo que fue y eso no va a cambiarlo nada. Luces y sombras. Lágrimas y lecciones. Ojalá hubiera sido distinto, y, sobre todo, ojalá no se me olvide nunca todo lo que aprendí. Por ese motivo, sólo por ese, merece la pena publicar estos textos hoy: un  intento de poema y una carta a mi yo del pasado, o del futuro, no lo sé, el día que hice la cuenta de las cosas buenas que había ido apuntando a lo largo de 365 días. Ni de lista de propósitos, ni de pies derechos, ni de nada rojo, ni de deseos. Nunca fui de nada de eso. Pero sí fui de hacer balance, de hacer trampas en el último momento y de vencer todo mi peso en el lado de lo bueno. Ojalá abriese los ojos y fuese un julio distinto, ojalá no hubiese descubierto que cuando parecía que no podía más,...

2017.

Cuánto ha crecido en un año la niña que hace doce meses se creía heroína, la que pensaba que había roto sus cadenas, que decía que tenía menos miedo y que se sentía con las alas medio  abiertas. Cuánto ha pasado. Ahora se siente un lingotazo de fuerza, como el último chupito de la noche, tan poquita cosa, pero superviviente de todas las tormentas. Ahora los espejos le devuelven la mirada con orgullo, los ojos le saben a caricias y le nacen flores en el pelo. Las canciones ya no son terremotos  sino puertos seguros, y me arroparon el día que me refugié bajo la lluvia mientras huía del verano. Se me llenaron los pulmones de agujas y, a pesar del dolor, me cosí un vestido con ellas. Encontré manos para mí cuando me olvidé de caminar; las que siempre estuvieron, las que se fueron y volvieron, y las que aparecen cuando más falta hacen. También perdí y reaprendí que, a veces, perder es una victoria. Y vencí. A mí, al miedo, a las ...

A la deriva.

Ojalá pudieran capturarse las sensaciones y guardarlas en frascos de cristal para recordarlas luego, porque estoy sintiendo como en medio de tanta oscuridad se prende una vela y no quiero que nunca se me olvide esta paz. Me perdí, pero no como se  pierde  quién olvida el camino, sino con el pánico de quien, de pronto, no sabe a dónde quiere ir, y de tanto caminar en círculos, tropieza, cae y se sienta en el suelo a esperar a que pase la tormenta. Y ella no tiene pinta de querer escampar. Metí las manos en los bolsillos y me clavé los cristales de mis miedos, de mi inseguridad, de mi "yo no puedo", de mi "no voy a llegar", y toda esa sangre,  gota a gota, me borró el destino y me mató los sueños, y todo ese dolor, desgarro a desgarro, un día me despertó y se me puso delante de los ojos en forma de poema. La ventaja de caminar sin rumbo fijo es que no sabes con qué cosas buenas te vas a tropezar. Ni tengo mapas, ni los quiero, por...

Allí.

Cierra los ojos, mi vida, que estoy ahí. Estoy en cada pliegue de tus sábanas, cantándote bajito esa canción que habla  de no tener miedo si estás a mi lado. Estoy enredada en tus manos sin intención alguna de soltarte, en cada arruga de tu ropa con mi vicio eterno de acariciarte, con las ganas, la impaciencia y todos estos besos que guardo para darte. Eres mi billete de ida a la Luna, el cohete que me sube a las estrellas, y el motivo de esos aterrizajes forzosos que terminan siempre en tus brazos. Eres un beso en la frente y en el cuello y en los labios, eres un pespunte de caricias en la espalda, huracán, diluvio, volcán, y la mejor de las calmas. Eres fuerza y eres el cemento que sostiene mis versos, esa risa tonta  y esta carita roja que se me pone al acordarme de ti. Parece que no, pero el tic-tac del reloj no entiende de frenos, y cada día más es uno menos. Cada día estás más cerca, lo sabe este invierno que no llega, l...

Lección aprendida.

No sé si quien merece la pena es quien te la quita o quien tiene el valor de quedarse a tu lado hasta que pasa, pero sé que tengo fe ciega en las tormentas, que me despierto feliz si truena y que, cuando creo que me voy a torcer, siempre hay alguien que me recuerda que ningún rosal crece derecho. No sé si tengo más ganas de disparar a matar o de romper a llorar, pero sé que las cojo todas y las convierto en versos que tal vez sean lanzas, no lo sé, y tal vez acierten al estrellarse en tus retinas, o tal vez sean sólo el humo de un tren a vapor que, créeme, no va a frenar hasta que alcance su cima. Escribo con las plumas de las alas de mi ángel de la guarda, con un trozo de alma y otro de corazón en cada palabra, con un poco de mí quitándome la ropa en cada estrofa y un poco de ti trepando a mi boca. Cada uno de mis versos es un trozo de mi piel y otro poco de lo que guardo debajo, las piezas de un puzzle esperando a que tú llegues y te atrevas a monta...

Los agostos congelados.

Tengo frío, pero no de ese que se cura con abrazos ni de ese que te pone la nariz roja y al mirarnos nos da por reír. Es un frío que me cala hasta dentro, que me paraliza los huesos y que me congela la sangre en las venas  y el viento que, hasta ahora, soplaba mis velas. Es un frío que me deja la cara llena de escarcha salada, que me pega las pestañas y me devora las entrañas susurrando que no se piensa marchar. Tengo frío y necesito que alguien me arrope por las noches, que me regale un beso en la frente, un "tú puedes", un "todo esto va a terminar y tú, tú te vas a merecer el cielo." Pero yo no quiero el cielo, yo te quiero a ti. Que me arropes con tu piel y nos curemos labio con labio las heridas, despacio y hacer nudos con nuestras manos para que no se suelten estos lazos que me atan a la cordura. Ojalá encuentres un puerto seguro en mi cintura y en el filo de mi cadera una respuesta a ...