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Encaje.

En algún momento tendrá que dejar de temblarme el suelo y el cuerpo cada vez que me acuerdo del recorrido de las yemas de tus dedos en mi piel, cosiéndote a caricias en mi memoria. Creyendo, quizá, que es sólo un pespunte chapucero que podría deshacer en cuanto llegase a casa. Pero nada más lejos de la realidad. En lugar de eso, se me quedó enganchado al miocardio el encaje más delicado e injustificado que podía imaginarme, de esos que sólo quieres que te quiten a besos para besarte mejor.  Qué vergüenza. Desde hace mucho tiempo sé que, ojos que no ven, corazón que se salta la señal de peligro, y por eso me los vendé y fingí no saber que habías venido. También fingí no saber que te tenías que ir, para dejar siempre un espacio a la esperanza de encontrarte de repente que se comiera al miedo de no verte nunca más. Es absurdo, perdóname. Pero algunas veces suelo recostar mi cabeza en el hombro de la Luna, y le hablo de muchas cosas. De esta amante inoportuna que se llama Soledad y de ...

La canción más triste del mundo

El 11 de enero de 2015, bajo un cielo insultantemente azul y entre los acordes de una canción de Joan Manuel Serrat insultantemente alegre que sonaban insultantemente alto en mi cabeza, un pedazo del mundo dejó de ser lo que era. A veces, necesitas tiempo y calma para saber el momento exacto en el que las cosas dejan de ser como son y cambian irremediablemente. El 11 de enero de 2015, mientras el sol de invierno se colaba a través de unas cristaleras que preferiría no haber conocido jamás, yo sabía que algo se había roto y que difícilmente tendría arreglo. Ella, tan menuda, que se sentía la persona más pequeña e insignificante del mundo, resultó ser el cemento que mantenía las cosas en pie, quien tenía la carcajada que conseguía que las tinieblas estuvieran todo el rato llenas de luz. Serrat se burlaba sin quererlo diciendo que   podía ser un buen día (y, además, mañana también) sin saber que la vida se quedaba un poco más vacía y cada silla en una casa de Madrid se quedaba un poco...

La chica que cambia el agua a las rosas muertas

Hace tiempo, con el corazón hecho trocitos, me regalaron una rosa en mi cumpleaños y me hizo tanta ilusión que seguí cuidándola, mirándola y cambiándole el agua incluso cuando ya estaba cabizbaja y le crujían los pétalos. Me di cuenta de que soy la chica que cambia el agua a las flores incluso cuando están muertas. Literal y metafóricamente también. Paso las páginas pero doblo las esquinas de mis favoritas para releerlas de vez en cuando. Para paladear las sensaciones bonitas, las palabras que acarician o calman, las palabras de amor o de verdad, las de esperanza y las afiladas que se clavan en la piel, haciéndote daño para curarte, como una inyección o una vacuna. Paso las páginas pero doblo las esquinas hasta que el libro se acaba deshaciendo entre mis dedos de puro agotamiento. Cambio el agua de las flores muertas hasta que el terciopelo se vuelve áspero y reseco, ya no hay rastro del olor y sólo me quedan hojas marchitas en las manos al intentar acariciarlas. De momento, voy a camb...

Impuntualidad.

No me gusta la impuntualidad y, sin embargo, últimamente tengo la sensación de llegar tarde todo el tiempo. Como la tarde que salí a buscarte y tú ya te habías ido. Pido calma pero soy incapaz de no intentar correr en el sentido contrario a las agujas del reloj, sin poder casi respirar y sin saber qué estoy buscando. Y, sin embargo, si en algún momento consigo colocarme detrás de ellas, las empujo con todas mis fuerzas a ver si así avanzan más deprisa. Me peleo constantemente con el tiempo y sus tiempos, como si no supiera de sobra cómo lo cambia todo un instante sin que sepas cómo ni cuándo y sin darte espacio para preparte, cómo ya no puedes volver a ver las mismas cosas de la misma manera y cómo se te quedan tatuadas para siempre en los recuerdos y en el miocardio. Como cuando, después de haberme bajado mil veces en la misma estación de tren, un día lo hice para ir a un concierto de La Oreja de Van Gogh, y ahora siempre suenan en mi cabeza sus canciones cuando espero en ese andén. O...

Hallelujah.

Despacito, poco a poco, casi sin que te des cuenta. En forma de murmullo lejano, una voz pequeña susurra a medida que se va acercando cada vez un poquito más, mientras se le unen otras voces, también pequeñas, también en susurros, que también se acercan. Al acercarse, resulta que las voces no susurran, sino que cantan bajito, y también resulta que, a medida que avanza la canción, ganan fuerza y crecen. Muy poco a poco. Y, cuando crees que van a seguir creciendo, de repente, retroceden un poquito hacia atrás. No mucho, lo justo para dejarte con las ganas en las manos y en la garganta. Pero la canción vuelve. Vuelve más fuerte, más intensa, más grande, crecida, como un río de agua transparente corriendo cascada abajo, sin poder frenar la emoción. Y esa emoción, primero, te hace hormiguear la tripa, y después no es suficiente y te encharca los pulmones, te encoge el corazón y te ata la garganta. Sigue creciendo y la emoción ya, de manera literal, no te cabe en el cuerpo.  La emoción y...

Grecia.

La primera vez que fui a Grecia también tenía el corazón roto, aunque de una manera distinta. De la manera en que se rompe cuando dos personas de las que crees imprescindibles desaparecen de repente dando un portazo sin explicar por qué. Me enamoré de los atardeceres naranjas del mar Egeo, del caos, la dejadez y los grafitis de Atenas y de la belleza de unas ruinas que, pasado tanto tiempo, ya no eran ruinas sino un tesoro. Según los ojos con los que las mirases, podías ver piedras rotas (como mi corazón) o un recuerdo, una prueba latente de lo que había sido y de las vidas de tantas personas que habían pasado por allí. No es que sea excepcional, porque siempre que conozco un sitio nuevo ya estoy pensando en volver otra vez, pero antes de irme ya estaba queriendo volver. Y he vuelto, otra vez con el corazón un poco roto. Tiene que estarlo, porque, en algún lugar, tiene que haber una grieta por la que se va escapando todo lo que guarda dentro, porque lo siento vacío. E igual tampoco fal...

Señales, lecciones y libros.

Hace ya bastante tiempo dejé de ser la niña que iba leyendo mientras caminaba por la calle, sintiéndose una princesa Disney absorta cada día en una historia nueva, o la niña que leía a escondidas en clase de matemáticas, o la que se acostaba a las tres de la madrugada para saber qué pasaba después. Hace también bastante tiempo dejé de perderme entre los estantes de las librerías curioseando títulos, acariciando lomos, pasando páginas, leyendo contraportadas.  Y hoy, de repente, lo he vuelto a hacer. Entre un montón de libros, el título de uno de ellos parecía escrito para mí, como si hablara de mí y tuviera mi nombre. Al tenerlo en mis manos, lo primero que he pensado es que era muy grande y no me quedan huecos libres en las estanterías de mi habitación. Después, me dado cuenta de que era la secuela de otro libro que tendría que leer antes de llegar al que yo quiero. Así, he vuelto a casa: pensando en ese libro, en que no me queda sitio para él y que primero tengo que leer la prime...