Contracorriente
Últimamente sueño muchas cosas, escenas inconexas e inconclusas que se mezclan y de las que apenas recuerdo una imagen breve que no dice nada. Personas que no están, personas que no tiene sentido que estén, lugares de los que me voy a marchar y lugares en los que hace mucho que no pienso.
Entre ellas, hoy he soñado que me quedaba dormida en un sofá plagado de alfileres que me ayudabas a esquivar, arropada por la dulzura de unas caricias que iban y venían desde mi tobillo hasta el empeine. Tal vez eso me hace falta: descansar en medio de todo con la seguridad de que, mientras, alguien te cuida.
Después, mi abuela traía una cajita de tejas de almendra y yo te decía que igual te sabían demasiado dulces. Pero no, decías que estaban perfectas así.
Últimamente también siento como una losa el peso del paso del tiempo sobre mi espalda, de los sueños que quería alcanzar y no estoy alcanzando y la terrible consciencia de que las hojas del calendario no pasan sólo para mí, sino para aquellos que quiero que celebren esos sueños conmigo.
La prisa nunca es buena consejera y la impaciencia se me clava por el cuerpo, como los alfileres del sofá de mi sueño si nadie me ayuda a evitarlos. Sé de sobra que que las cosas sucedan antes no es garantía de nada, pero no puedo evitar desear empezar a vislumbrar algo en alguna parte de forma casi desesperada. Porque mantener la esperanza viva a base de aire vacío es agotador, y, repito, tal vez yo sólo necesito descansar mientras alguien me acaricia.
Sé que hay cosas que suceden sin que puedas evitarlo, que es absurdo a la vez que evidente querer que no ocurran nunca. También sé de sobra que hay cosas que no puedes hacer que ocurran a propósito, pero sí puedes evitar remar en contra.
O dejar de patear la piedra con la que llevas un rato tropezando para no desplazarla otra vez unos metros por delante de ti.
O dejar de escuchar música de cantautor cuando estás triste.
O marcharte de donde en realidad nunca has estado.
Algo es algo.
Ojalá no tuviera los brazos tan cansados.
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