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Me da igual.

Ahora que el mundo está loco -más de lo normal-, que rueda cuesta abajo la cordura y que, si te paras a pensarlo lo suficiente, nuestra propia existencia es un polvorín indeciso, a veces acabo preguntándome en qué rincón remoto, soleado y salado estarás últimamente. Pero me respondo muy deprisa. Me da igual. Trazaste en mi imaginación dibujos de escenas que tú veías efímeras y yo deseaba perennes. A veces aún se me vienen a la cabeza, probablemente porque, en medio de tanto caos, velocidad, humo y gris, lo que más me apetece es perderme en los brazos de una edredón blanco con la luz del sol colándose tamizada entre las cortinas, o con la lluvia repiqueteando suave contra las ventanas, poniendo la vida en pausa y sin pensar nada más allá de si el zumo del desayuno lleva, o no, pulpa. No te echo de menos tanto como parece, lo que ocurre es que sólo escribo cuando sueño contigo.  Y hoy he soñado contigo. Las calles eran las mismas, pero los locales, las tiendas, otros. Me encontraba e...

Vosotras

Vuelves a casa apretando el paso, con las manos cerradas alrededor de las llaves, haciéndote la sorda a los "¿a dónde vas, guapa? dime a dónde vas que yo voy contigo" que te siguen desde hace un rato. No sabes si echar a correr o no y, al final, decides simplemente seguir caminando rápido mientras entiendes, con una frialdad que asusta, que ellos son tres y tú una, y que, si quieren hacerte algo, te lo van a hacer igual. . Te falta un cocido. . Te sobra ese cocido. . Te acuestas con un chico, aunque no recuerdas nada. Él lo grabó todo y te amenaza con enseñarlo si se te ocurre decir algo. Pero, además ¿cómo se te va a ocurrir decir nada, si todo pasó porque estabas borracha? . ¿Pero qué dices? Estás loca . Un ocho de marzo, hace unos años, en la manifestación de Madrid, un cartel reza: “Sara, te quiero y te echo de menos”. Pensaste en todas las Saras y en las amigas, hermanas, madres, hijas de las Saras mientras se te rompía algo por dentro. Ha pasado tiempo, y sigues pensand...

Hoy he soñado contigo

Hoy ha salido el sol y yo he soñado contigo. Igual ha sido porque el otro día vi una tienda donde compran y venden vinilos, en la calle Esparteros, y pensé en ti y desde entonces lo estoy haciendo más de lo habitual. Era un sueño de los que se me repiten mucho, en los que huyo porque alguien, que no sé quién es, me persigue. Pero, al final del sueño, aparecías tú y ya no pasaba nada más. Ni huía ni me perseguían, sólo mi frente seguía estando a la altura exacta de tus labios y mi cuerpo encajaba a la perfección en el hueco de tus brazos. Y ya está. Me he despertado con una punzada de dolor en el costado y enfadada. No contigo, ni conmigo, con la forma de ser de las cosas.  Una vez escribí que, a veces, mis textos son una necropsia y las necropsias significan que algo se ha muerto. A mí la muerte me da mucho miedo. Me da miedo que duela y me da miedo lo definitiva que es, después de ella sólo hay un "nunca más". No hay segundas oportunidades, no hay vuelta de hoja, no hay arre...

Tormentas en mitad del océano.

He estado estos días un poco regular, pero no pasa nada, a todos nos rompen el corazón alguna vez. Además, tampoco creo que ésta haya sido la más grave que he vivido, aunque no voy a mentir, alguna fisura hay y, doler, duele. Estoy dolida y enfadada con la manera de girar que tiene la Tierra sobre su eje y con cómo los engranajes que mueven todo en la vida encajan perfectamente entre sí para que otras cosas, personas o historias, no puedan encajar nunca. Me da miedo sentirme estúpida, imaginarte pensando qué chica más tonta que se engancha a la nada sin ningún motivo y recordarme que siempre supe todos los motivos por los que no, pero me iba a dormir pensando que ojalá sí. A veces, parece que me quiero arrepentir de no haber fingido que me importabas menos de lo que en realidad me importabas, por si así hubiera podido apurarte un par de besos más. Pero no dura demasiado. Sé que piensas que pienso mucho las cosas, pero también las siento tanto y tan intensamente que habría sido imposibl...

De la lluvia y otras cosas.

Los adoquines brillan plateados y reflejan la luz dorada de las farolas bajo una lluvia que cae lenta, como perezosa, y vacía calles habitualmente atestadas de gente, invitando, irónicamente, a pasear bajo un paraguas que no sirve de mucho. No suena música, porque para que fluya la inspiración una tiene que aburrirse un poco a veces. El susurro del agua acaricia el suelo, los paraguas, los árboles y mi pelo con cierta vergüenza, como si no quisiera que nos demos cuenta de que está ahí, pero calando todo a su paso, con paciencia y timidez. Y yo, vergonzosa, impaciente y tímida, me dejo llevar Paseo del Prado abajo, sin cinturón de seguridad que me proteja del ataque de todo eso que querría tener y no voy a tener. De los domingos por la tarde que valen la pena, las caricias en el dorso de la mano, dos pares de piernas entrelazadas, las promesas que no da miedo hacer, los besos en la piel erizada o el refugio para mi nariz congelada en el cuello exacto. De la calma y el pulso acelerado, l...

La temporada tres

Estoy viendo una serie de esas de hace 20 ó 30 años, de siete temporadas y veinticinco capítulos por temporada, en las que las cosas suceden despacio. En las que El beso, ese beso tonto que llevas esperando desde casi el principio, no llega hasta el capítulo 13 de la temporada 3. En las que la paciencia te acaba recompensando con una historia de esas que se quedan grabadas a fuego en la memoria para siempre. Me gusta pensar que también me gusta así la vida. Lenta, con las cosas sucediendo despacio. Creo fervientemente que es la mejor forma de que sucedan. También sé que nunca debes dar nada por hecho, que de repente la vida, de un volantazo, coge la salida que no esperabas y te empieza a llevar, aunque tú no quieras, por un camino de piedras, hasta el rincón con las vistas más bonitas que nunca podrías haber imaginado. También sé que me come la impaciencia, y reconozco en mis manos el hormigueo eléctrico de cuando se sienten vacías. Y me hormiguea de esa forma toda la piel. No sé p...

Mariposa.

El nudo en el estómago aprieta fuerte, bajo todas esas las losas que parece que se multiplican sólo para descansar su peso encima de tus hombros, de tus párpados, de tus pies, haciéndote dudar de cada uno de tus pasos.  De repente, todo es confuso, todos los escalones son demasiado altos, las aceras se mueven demasiado deprisa y ahí estás tú, clavada a los adoquines, a punto de perder el equilibro y de llenar el suelo de trozos de cristal desparramados.  Un abrazo entre dos desconocidos que están saliendo de clase se te clava como un puñal infectado con todo aquello que jamás tuviste y que, hasta ahora, no habías echado de menos. Pero entonces, a la luz naranja de una farola, te sientes con la vulnerabilidad de quien ha sido atracado. Como si, tanto tiempo después, fueses consciente de que te han robado algo que jamás va a volver. Se te cuela el frío entre la ropa y no parece que ninguna manta sea capaz de combatirlo. Tal vez, no es ese tipo de frío el que tienes, ni es e...