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Tormentas en mitad del océano.

He estado estos días un poco regular, pero no pasa nada, a todos nos rompen el corazón alguna vez. Además, tampoco creo que ésta sea la más grave, aunque no voy a mentir, alguna fisura hay y, doler, duele. Estoy dolida y enfadada con la manera de girar que tiene la Tierra sobre su eje y con cómo los engranajes que mueven todo en la vida encajan perfectamente entre sí para que otras cosas, personas o historias, no puedan encajar nunca. Me da miedo sentirme estúpida, imaginarte pensando qué chica más tonta que se engancha a la nada sin ningún motivo y recordarme que siempre supe todos los motivos por los que no, pero me iba a dormir pensando que ojalá sí. A veces, parece que me quiero arrepentir de no haber fingido que me importabas menos de lo que en realidad me importabas, por si así hubiera podido apurar un par de besos más. Pero no dura demasiado. Sé que piensas que pienso mucho las cosas, pero también las siento tanto y tan intensamente que habría sido imposible esconderlas. Me habr...

De la lluvia y otras cosas.

Los adoquines brillan plateados y reflejan la luz dorada de las farolas bajo una lluvia que cae lenta, como perezosa, y vacía calles habitualmente atestadas de gente, invitando, irónicamente, a pasear bajo un paraguas que no sirve de mucho. No suena música, porque para que fluya la inspiración una tiene que aburrirse un poco a veces. El susurro del agua acaricia el suelo, los paraguas, los árboles y mi pelo con cierta vergüenza, como si no quisiera que nos demos cuenta de que está ahí, pero calando todo a su paso, con paciencia y timidez. Y yo, vergonzosa, impaciente y tímida, me dejo llevar Paseo del Prado abajo, sin cinturón de seguridad que me proteja del ataque de todo eso que querría tener y no voy a tener. De los domingos por la tarde que valen la pena, las caricias en el dorso de la mano, dos pares de piernas entrelazadas, las promesas que no da miedo hacer, los besos en la piel erizada o el refugio para mi nariz congelada en el cuello exacto. De la calma y el pulso acelerado, l...

La temporada tres

Estoy viendo una serie de esas de hace 20 ó 30 años, de siete temporadas y veinticinco capítulos por temporada, en las que las cosas suceden despacio. En las que El beso, ese beso tonto que llevas esperando desde casi el principio, no llega hasta el capítulo 13 de la temporada 3. En las que la paciencia te acaba recompensando con una historia de esas que se quedan grabadas a fuego en la memoria para siempre. Me gusta pensar que también me gusta así la vida. Lenta, con las cosas sucediendo despacio. Creo fervientemente que es la mejor forma de que sucedan. También sé que nunca debes dar nada por hecho, que de repente la vida, de un volantazo, coge la salida que no esperabas y te empieza a llevar, aunque tú no quieras, por un camino de piedras, hasta el rincón con las vistas más bonitas que nunca podrías haber imaginado. También sé que me come la impaciencia, y reconozco en mis manos el hormigueo eléctrico de cuando se sienten vacías. Y me hormiguea de esa forma toda la piel. No sé p...

Mariposa.

El nudo en el estómago aprieta fuerte, bajo todas esas las losas que parece que se multiplican sólo para descansar su peso encima de tus hombros, de tus párpados, de tus pies, haciéndote dudar de cada uno de tus pasos.  De repente, todo es confuso, todos los escalones son demasiado altos, las aceras se mueven demasiado deprisa y ahí estás tú, clavada a los adoquines, a punto de perder el equilibro y de llenar el suelo de trozos de cristal desparramados.  Un abrazo entre dos desconocidos que están saliendo de clase se te clava como un puñal infectado con todo aquello que jamás tuviste y que, hasta ahora, no habías echado de menos. Pero entonces, a la luz naranja de una farola, te sientes con la vulnerabilidad de quien ha sido atracado. Como si, tanto tiempo después, fueses consciente de que te han robado algo que jamás va a volver. Se te cuela el frío entre la ropa y no parece que ninguna manta sea capaz de combatirlo. Tal vez, no es ese tipo de frío el que tienes, ni es e...

Agua y brasas.

A veces, no queda mucho más que hacer que observar cómo las cosas, sencillamente, van desapareciendo poco a poco.  Como una rama seca devorada por el fuego, como las llamas cuando nada las alimenta o como un bloque de sal se disuelve al paso constante del agua.  Realmente, no es culpa de nadie. Ni de quien no sentía lo que su corazón no podía sentir ni de quien no quiso conformarse con menos. Porque no existe el amor a medias. Y, aún así, créeme que no es tan sencillo dejar las cosas ir. Intentas aferrarte a lo bien que te hicieron sentir durante un momento, a cómo podría haber sido todo si todo hubiese sido distinto. Intentas agarrar con las manos ese torrente de agua que se te escapa entre los dedos disolviendo todo a su paso.  Porque, por más que viva de esperanzas más de lo juiciosamente recomendable, ni las esperanzas ni los deseos pueden vivir del aire eternamente. Ningún fuego sobrevive sin oxígeno. Y, además, en realidad, todo siempre ha sido nada. Me molesta y, a...

Contracorriente

Últimamente sueño muchas cosas, escenas inconexas e inconclusas que se mezclan y de las que apenas recuerdo una imagen breve que no dice nada. Personas que no están, personas que no tiene sentido que estén, lugares de los que me voy a marchar y lugares en los que hace mucho que no pienso. Entre ellas, hoy he soñado que me quedaba dormida en un sofá plagado de alfileres que me ayudabas a esquivar, arropada por la dulzura de unas caricias que iban y venían desde mi tobillo hasta el empeine. Tal vez eso me hace falta: descansar en medio de todo con la seguridad de que, mientras, alguien te cuida. Después, mi abuela traía una cajita de tejas de almendra y yo te decía que igual te sabían demasiado dulces. Pero no, decías que estaban perfectas así. Últimamente también siento como una losa el peso del paso del tiempo sobre mi espalda, de los sueños que quería alcanzar y no estoy alcanzando y la terrible consciencia de que las hojas del calendario no pasan sólo para mí, sino para aquellos que ...

Aún me acuerdo de todo.

Probablemente tú no te acuerdes pero yo no lo he olvidado, ni se me ha ocurrido querer intentarlo. Recuerdo el roce de tu mano en mi codo, tus labios y los míos y mis dedos en tu pelo. Mi nudo en el estómago, tus manos en mi tripa, intentando deshacerlo pero no consiguiéndolo. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan a gusto en ningún sitio como en tus brazos. Lo quería todo y no pude permitirme el lujo de tener menos. Al final, apenas tuve nada más allá de un esbozo tembloroso a sucio cuando yo lo que más deseaba era derramar toda la tinta sobre el papel. Y ese dibujo a lápiz en cristales empañados me sirve ahora para no acordarme de olvidarme de ti cada día un rato, al abrazar la almohada antes de irme a dormir. Para jugar con el fuego de fantasear y soñar despierta con lo que ni podría haber sido ni podrá ser. Parece que me queman las manos mientras lo escribo. También me acuerdo del último día volviendo a casa, incapaz de no sonreír e incapaz de ignorar que aquello iba a doler. Un d...