Mariposa.
El nudo en el estómago aprieta fuerte, bajo todas esas las losas que parece que se multiplican sólo para descansar su peso encima de tus hombros, de tus párpados, de tus pies, haciéndote dudar de cada uno de tus pasos.
De repente, todo es confuso, todos los escalones son demasiado altos, las aceras se mueven demasiado deprisa y ahí estás tú, clavada a los adoquines, a punto de perder el equilibro y de llenar el suelo de trozos de cristal desparramados.
Un abrazo entre dos desconocidos que están saliendo de clase se te clava como un puñal infectado con todo aquello que jamás tuviste y que, hasta ahora, no habías echado de menos. Pero entonces, a la luz naranja de una farola, te sientes con la vulnerabilidad de quien ha sido atracado. Como si, tanto tiempo después, fueses consciente de que te han robado algo que jamás va a volver.
Se te cuela el frío entre la ropa y no parece que ninguna manta sea capaz de combatirlo. Tal vez, no es ese tipo de frío el que tienes, ni es ese el abrigo que te hace tanta falta. Tal vez, un beso en la frente y todo lo que pueda esconder.
Las columnas de piedra se alzan a tu alrededor hacia el cielo. Imponentemente delicadas, preciosas, gigantescas. Y tú te ves al lado tan pequeña, tan frágil, tan nada al lado de tanto todo.
Pero, entonces, una tarde de jueves, en un sofá azul, pones voz a todo lo que te pasa y las palabras fluyen con la necesidad angustiosa de escapar de la prisión que las ha contenido tanto tiempo. Y ella, sentada en frente, escucha, asiente, comprende y deshace con sus manos, su presencia y su cariño toda la maraña de caos ha estado impidiéndote respirar. No desaparece, pero ella la desenreda. Sin darse cuenta, trenza tus palabras despacio y les pone un broche en forma de mariposa.
Después, conduces de camino a casa pensando que, al final, es probable que nada sea para tanto, salvo las amigas.
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