Cierro interrogación.

No sé.

No sé cómo empezar lo que no sé que quiero decir. No sé si no sé a dónde voy o si no quiero saberlo, pero siento como si fuera a saltar de cabeza por un precipicio mañana, o pasado, o al otro. Y siento como si no me importara reventarme contra el suelo y a la vez me preocupase encontrar todos los trocitos de mí que quedasen desperdigados por ahí. No sé.

No sé, y prefiero no saber, porque una de las pocas certezas que tengo dice que, ni estoy donde quiero estar, ni voy a donde quiero ir. Me falta paz, me falta tranquilidad, me faltan los significados de todas las canciones. Tal vez lo que pasa es que sólo necesito una bocanada de aire fresco y cada vez que respiro inspiro alquitrán. No sé.

No sé dónde se me quedaron las ganas, la verdad. Como si en mitad de una mudanza de corazón las hubiera metido en a saber qué caja y se hubieran traspapelado en un almacén. Como si la luz de los fluorescentes las hubiera marchitado un poco. Como si nunca hubiera sabido lo que quería, como si siempre me hubiera dado miedo pedir deseos por no saber qué deseo pedir.

A veces cierro los ojos y me imagino en un tren de los de media o larga distancia, que no sé a dónde va. Me gustaría perderme en el paisaje verde y azul y que venga lo que tenga que venir, pero en el fondo me da miedo lo que me vaya a encontrar en el andén. Un espejo, tal vez.

Me tiemblan las manos y me titilan los ojos mientras escribo. A lo mejor resulta que sí sé.

No lo sé.

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