El vacío, la ausencia y la ausencia de vacío.
Todo tiene remedio, salvo la muerte. Siempre cabe un resquicio de esperanza, un “¿y si?”, una oportunidad de dejar para más tarde lo urgente o la posibilidad de que las cosas sean diferentes, hasta que llega ella y le corta el pulso, le apaga el vaivén del diafragma y le da un beso helado en los labios.
Entonces, ya no queda nada.
Y, a la vez, te queda todo por delante.
Un día, te encuentras confesando en secreto que es posible sentir envidia del dolor ajeno. La envidia profunda y visceral de quien entiende que el duelo es lo que te desgarra por dentro al mirar a los ojos al vacío que alguien ha dejado. Y que, si no te desgarra, o falta vacío o llevabas mucho tiempo conviviendo con él.
De repente, se abre un abismo bajo mis pies al echar de menos lo que nunca eché en falta. De repente, sueño con quien nunca había soñado, porque quiere, o quiero, despedirse. De repente, la eterna pregunta de cómo habría sido todo si todo hubiera sido distinto.
Si él hubiera sido diferente.
Quizá, estaría sintiendo que la vida me ha partido en dos y daría vueltas sobre mí misma intentando encontrar un sentido inexistente. Quizá, tendría algo más que un par de recuerdos lejanos a los que acudir cuando lo necesitase. Quizá, no tendría envidia del dolor ajeno porque ese sería también mi propio duelo.
Pero no fue diferente. Fue como fue. Y todo lo demás es como es.
No hay espacio para el “¿qué habría pasado si?”
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