Impuntualidad.
No me gusta la impuntualidad y, sin embargo, últimamente tengo la sensación de llegar tarde todo el tiempo. Como la tarde que salí a buscarte y tú ya te habías ido.
Pido calma pero soy incapaz de no intentar correr en el sentido contrario a las agujas del reloj, sin poder casi respirar y sin saber qué estoy buscando. Y, sin embargo, si en algún momento consigo colocarme detrás de ellas, las empujo con todas mis fuerzas a ver si así avanzan más deprisa.
Me peleo constantemente con el tiempo y sus tiempos, como si no supiera de sobra cómo lo cambia todo un instante sin que sepas cómo ni cuándo y sin darte espacio para preparte, cómo ya no puedes volver a ver las mismas cosas de la misma manera y cómo se te quedan tatuadas para siempre en los recuerdos y en el miocardio. Como cuando, después de haberme bajado mil veces en la misma estación de tren, un día lo hice para ir a un concierto de La Oreja de Van Gogh, y ahora siempre suenan en mi cabeza sus canciones cuando espero en ese andén. O como el sitio donde alguien te dio un primer beso. O un segundo beso, un último beso, o el beso número ciento treinta y siete.
Y es que ni siquiera cuando el tiempo juega a mi favor, y pasa, y pasa, y sigue pasando sin pararse, consigo sacarle ventaja perdiendo un poco la memoria.
Con este noséqué en las manos que siento como una corriente eléctrica que empieza en el pecho. Como si se sintiesen vacías. Como cuando hay tanto silencio que escuchas el sonido de una luz encendida. O como el pinchazo que se siente cuando me doy cuenta de que lo que tengo es un frío frente al que nunca he tenido la posibilidad de arroparme.
Otra vez, llego tarde. A la cordura, a la sensatez, a quedarme dormida antes de que me coman los “y sis”, el miedo y los deseos de cosas imposibles.
Vuelvo a llegar tarde, como la tarde que salí a buscarte y esperé, pero tú ya te habías ido.
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