La temporada tres

Estoy viendo una serie de esas de hace 20 ó 30 años, de siete temporadas y veinticinco capítulos por temporada, en las que las cosas suceden despacio. En las que El beso, ese beso tonto que llevas esperando desde casi el principio, no llega hasta el capítulo 13 de la temporada 3. En las que la paciencia te acaba recompensando con una historia de esas que se quedan grabadas a fuego en la memoria para siempre.

Me gusta pensar que también me gusta así la vida. Lenta, con las cosas sucediendo despacio. Creo fervientemente que es la mejor forma de que sucedan. También sé que nunca debes dar nada por hecho, que de repente la vida, de un volantazo, coge la salida que no esperabas y te empieza a llevar, aunque tú no quieras, por un camino de piedras, hasta el rincón con las vistas más bonitas que nunca podrías haber imaginado.

También sé que me come la impaciencia, y reconozco en mis manos el hormigueo eléctrico de cuando se sienten vacías. Y me hormiguea de esa forma toda la piel.

No sé por qué capítulo de qué temporada voy viviendo ni cuánto queda para sentir que, por fin, se vislumbra al fondo un poquito de eso que tanto echo de menos.

Amor del que se siente como una manta en invierno en el sofá, un abrazo con beso en la frente, caricias muy suaves en la espalda con una luz bajita y cálida. Cuidarse, un pilar donde apoyarse, el refugio donde descansar y un poquito de pasión.

Y la calma que da la seguridad de que no va a desaparecer.

Es difícil pedirme paciencia, nunca la he tenido y ya no me queda, pero sigo esperando y poniendo todas mis fuerzas en querer confiar en que sí, que en la vida las cosas ocurren despacio, como en las series de siete temporadas y veinticinco capítulos por temporada.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Mariposa.

Contracorriente

Aún me acuerdo de todo.