De la lluvia y otras cosas.
Los adoquines brillan plateados y reflejan la luz dorada de las farolas bajo una lluvia que cae lenta, como perezosa, y vacía calles habitualmente atestadas de gente, invitando, irónicamente, a pasear bajo un paraguas que no sirve de mucho.
No suena música, porque para que fluya la inspiración una tiene que aburrirse un poco a veces.
El susurro del agua acaricia el suelo, los paraguas, los árboles y mi pelo con cierta vergüenza, como si no quisiera que nos demos cuenta de que está ahí, pero calando todo a su paso, con paciencia y timidez. Y yo, vergonzosa, impaciente y tímida, me dejo llevar Paseo del Prado abajo, sin cinturón de seguridad que me proteja del ataque de todo eso que querría tener y no voy a tener.
De los domingos por la tarde que valen la pena, las caricias en el dorso de la mano, dos pares de piernas entrelazadas, las promesas que no da miedo hacer, los besos en la piel erizada o el refugio para mi nariz congelada en el cuello exacto. De la calma y el pulso acelerado, los besos y las sonrisas labio a labio, los abrazos que no se acaban porque no permites que se acaben y las buenas noches que desembocan en buenos días. De “Te quiero” de Benedetti y “Sobra decirte” de Valeria Castro. De los rayos de sol suaves sobra una piel mojada y salada o de la adrenalina de una montaña rusa rugiendo en tu garganta.
De la vida siendo maravillosa incluso en la rutina (que es cuando es maravillosa de verdad).
Al final, la lluvia tímida y vergonzosa nos ha calado a todos hasta los huesos y los deseos.
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