Me da igual.
Ahora que el mundo está loco -más de lo normal-, que rueda cuesta abajo la cordura y que, si te paras a pensarlo lo suficiente, nuestra propia existencia es un polvorín indeciso, a veces acabo preguntándome en qué rincón remoto, soleado y salado estarás últimamente. Pero me respondo muy deprisa.
Me da igual.
Trazaste en mi imaginación dibujos de escenas que tú veías efímeras y yo deseaba perennes. A veces aún se me vienen a la cabeza, probablemente porque, en medio de tanto caos, velocidad, humo y gris, lo que más me apetece es perderme en los brazos de una edredón blanco con la luz del sol colándose tamizada entre las cortinas, o con la lluvia repiqueteando suave contra las ventanas, poniendo la vida en pausa y sin pensar nada más allá de si el zumo del desayuno lleva, o no, pulpa.
No te echo de menos tanto como parece, lo que ocurre es que sólo escribo cuando sueño contigo.
Y hoy he soñado contigo.
Las calles eran las mismas, pero los locales, las tiendas, otros. Me encontraba en sitios que conozco, pero eran distintos. Lo mismo pasaba con la vida, supongo, durante esos momentos en los que estábamos juntos. Todo era lo mismo, pero era diferente.
Abracé esa diferencia, sutil y fugaz, y me asustó la certeza de su volatilidad. Me arrolló la verdad: al anhelo de que aquella diferencia se quedara tatuada en mi día a día.
Paso página y dejo doblada la esquina, hasta que el tiempo acaba borrando la tinta. Hasta que deje de soñar o hasta que deje de preguntarme dónde estarás ahora de repente.
Me da igual dónde estés si no es aquí.
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