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Mi rayo de luz.

Hay días que quieres tirar el mundo por la ventana... Hay días que desayunas cafés salados, que tu cara deja de ser una cara y se convierte en una maquinaria pesada en la que algún músculo perezoso no quiere formar una sonrisa. Que en la cena te sirven ganas de llorar, que te rompes un poquito. Y después... Es por la noche cuando entre las rendijas de la persiana se cuela un rayo de luz. El rayo de luz. Mi rayo de luz. El rayo de luz de tu mirada, de tu voz. El rayo de luz que se cuela entre las rendijas que mi persiana, que inunda mi habitación, que empapa mis manos y mis ojos y mi voz, un poco quebrada. El rayo de luz que lo recompone todo con sus manos, con cuidado, con esa delicadeza que enamora. El rayo de luz que demuestra que no vale la pena tirar el mundo por la ventana porque dentro hay demasiadas cosas bonitas. ...Luego, te das cuenta de que lo único que vale la pena tirar por la ventana es el día en sí.

Otra vez.

Sonreír, una y otra vez, una y otra vez, las veces que hagan falta. Recordar las manos que, a solas, se buscan, se buscan y se encuentran. Reescribir tu inicial y mi inicial y un siempre en tu piel. Resaborear el momento de tus labios, repintar mis besos en el lienzo de tu boca. Reenamorarme de ti en una cadena de plata que acaricia tu lazo azul. Revivir. Revivir cada segundo de cada instante de cada momento de cada rayo de luz a media luz. Recordarte, reescribirte, resaborearte, revivirnos.

Te quiero.

Te quiero. Hoy y siempre, escrito en tu piel con la tinta de las yemas de mis dedos, para que nunca se te olvide. Te quiero hasta llorar de felicidad, en ese momento en el que mi cabeza se da cuenta de que todo es verdad, que tú y yo somos nosotros, y que nosotros somos, de verdad. Te quiero en felicidad salada que brota de mis ojos. Te quiero en abrazos, cosquillas, sonrisas y risas. Te quiero en ternura, besos, miradas y "te quieros". Te quiero apoyada en tu hombro, te quiero apoyado en mi hombro. Te quiero de todas las maneras, te quiero por todo. Te quiero.

Tu filosofía.

Tú me dijiste que Arquímedes dijo " dadme un punto de apoyo y moveré el mundo ", y me llamaste punto de apoyo . Me pediste que nunca perdiéramos el contacto. Hoy, el contacto es el tacto de tus dedos en mis manos, el contacto del tacto de tus labios en mi boca. Me comparaste con ese punto de apoyo que basta para mover el mundo, cuando tú eres el punto de apoyo que mueve mi mundo, cuando tú eres mi propio mundo. Tú... que apareces a trazos de tinta negra en la cara de atrás de alguna postal.

Nothing at all.

Nada, absolutamente nada, puede compararse contigo. Contigo y con cada mariposa borracha de amor que baila en mi estómago con sólo oír tu voz, con sólo imaginar tu sonrisa, con sólo leer un "te quiero" tuyo escrito en un billete del metro de París. Nada, absolutamente nada que hubiera podido imaginar en algún momento puede igualar la felicidad que me llena a cada instante, la magia que brilla en cada esquina sólo por ti. Nada, absolutamente nada puede compararse contigo, con lo más bonito de mi vida, con el Sol que hace brillar cada nube gris en cada despertar, con el pañuelo ajado que seca mis lágrimas, con la risa que me hace sonreír. Tú, eres una de las pocas cosas de las que sé que puedo estar segura. Tú, que me das gracias por la paciencia y la espera. Y yo, que sé que habría esperado la vida entera sabiendo que al final estabas tú. Tú... Y es que absolutamente nada puede compararse contigo.

Trece.

Tú, que llegaste por casualidad, sin hacer ruido, sin decir nada para decirlo todo. Tú, que desde el principio ocupaste el número trece, que lo llenaste todo de pianos de cola blancos, de jueves que eran jueves por algo especial. Tú, que le guiñaste un ojo a mi corazón, acompañado de un "guapa". Tú que impregnaste mi vida del verde de tu mirada y del sabor de tu sonrisa. Tú que estabas, estás y estarás. Tú que no te fuiste cuando pudiste haberlo hecho. Tú y cada diecisiete, tú y el primer diecisiete. Tú, que te has convertido en el oxígeno que me llega en la cima de la montaña. Tú, trece. Tú, mi amor. Tú. Te quiero, mi vida.

Help.

A veces hace falta. Abrazar de rabia la almohada, empapar de rabia la almohada y quedarte dormida así. Despertarte al día siguiente con un dolor de cabeza que pincha y ojos que escuecen por culpa de lágrimas saladas. Y el consiguiente cansancio, las ganas de nada, las fuerzas para menos que eso. Ojos verdes, amor... Socorro. Te quiero, te quiero, te quiero.