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Canciones para idiotas.

Ni te imaginas lo que acaba de pasar, y ni te imaginas todo lo que significa. Pensando en ti se me ha escapado un te odio con todo mi amor, ¡idiota! , y me has regalado sin querer una canción que no se me va de la cabeza y suena en  bucle mientras escribo. Una frase (esa frase) y un poco de música. Y magia. El resto en mi corazón va sucediendo como si cayeran fichas de dominó, pero sin nada que las empuje. Sólo estoy yo, recostada sobre una ola de mar que tarde o temprano se esfumará. Probablemente más temprano que tarde. En la boca me quedará el sabor de la sal y la arena que, en realidad, jamás he probado.  Pero eres idiota, claro que lo eres. Ese tipo de idiota que no puedo más que odiar, mucho, con todo el amor que me cabe dentro. Y eso me convierte a mí también en una idiota, que lo sepas.

Tregua.

Igual no te has dado cuenta, pero todavía me quieres. Me lo has dicho esta noche, en sueños, después de besarme y me he despertado desarmada. Pero si quieres hacemos un trato y nos olvidamos. Sólo necesito que pongas de tu parte, que abras la presa de las palabras que nunca te dije y transformes en respuesta todos mis interrogantes. Y después, no volveremos a decirnos " te quiero ". Ni en sueños, ni fuera de ellos.

Ya basta.

Sin tregua, cada vez que se me olvida que la vida es una montaña rusa, gira 180 grados y me lo recuerda. Y después de muchas vueltas, llantos y recuerdos decido que ya basta. O el ya basta me pilla a mí por sorpresa. El caso es que basta, y la tormenta cesa. Ahora sólo intento atar cabos, terminar párrafos incompletos, destrozar signos de interrogación. Cerrar el libro, dar carpetazo. Pintar un punto y final. Quién sabe.  Desde esta posición veo muchas cosas, me siento en un alto. Miro a mis pies y hay un vacío enorme,  un paisaje de colores que me aterra y me fascina a la vez. Me tiemblan las manos, las piernas, el corazón.  Y salto. Porque quiero saltar, porque tengo la boca del estómago infestada de mariposas y palabras que quieren escribirse. Pero todavía tienes un candado atando mi tinta. Ojalá algún día me dejes decir ya basta de verdad.

Sólo sé que tú.

No sé qué día es. Ni qué hora. Ni qué año.  Sé que me acuerdo de ti en todo momento, como siempre. Sé que si le pido a mis sueños que no te traigan de vuelta, no soy capaz de  dormir dos horas seguidas. Sé que se me escapa llamarte amor, y que no hay golpe de ola lo suficientemente fuerte para arrancarte de aquí. Tampoco sé si te acuerdas de mí, si alguna noche sueñas conmigo y luego se te queda el corazón encogido todo el día. Sé que quiero tenerte delante, quiero verte y contarte muchas cosas que no sabes. Sé que los latidos de mi corazón siguen un ritmo, y ese ritmo lo has inventado tú. Por supuesto que no sé si sabría decirte todo lo que quiero sin romper a llorar. Por no saber no sé ni escribirlo sin un par de lágrimas.  No sé cuánto de mucho te quiero. Pero sé que te quiero. Mucho. Mucho. Muchísimo .

Bienvenido de nuevo a mis sueños.

Estoy dando pasos agigantados hacia atrás desde que decidiste que mis sueños son el mejor sitio para pasar la noche. Me dejaste clavada en el tiempo dentro de un mundo que no para de correr, me mudé a una caja de cristales tintados para no ver lo que hay fuera, porque en el mundo de ahí fuera, tu vida sigue y la mía no, y eso me asfixia. Al dormir he recordado cómo me sentía cuando nos mirábamos y, sin decir nada, nos abrazábamos. Y al despertar he recordado cómo me falta un pedazo de aire desde que ni nos miramos ni nos abrazamos. Teníamos un cuento de hadas pero te cansaste de escribir. Vaya final de mierda. Yo no buscaba comer perdices, con lo de vivir felices me bastaba. Ojalá aprenda a dejar de  soñar pronto, porque con cada sueño me estás enamorando más. Otra vez.

Cuentos de hadas.

Érase una vez una niña que vivió entre cuentos de hadas. Se alimentaba de sus páginas, respiraba los colores de sus dibujos y bebía la tinta de sus letras. Pero, por encima de todo, soñaba con sus historias. Cada vez que cerraba los ojos, a su mente venían castillos lejanos, lugares recónditos, criaturas inimaginables y, sobre todo, finales felices. Finales de esos que sólo estaban reservados para aquellos personajes valientes, nobles de corazón y que creían con toda su alma en sus propios sueños. Porque así, sólo así, podían alcanzarlos. La niña  creció, y poco a poco fue dándose cuenta de que la mayoría de los parajes y de los seres que poblaban aquellos relatos no existían fuera de los libros. Sin embargo, nada ni nadie podía sacarle de la cabeza que los más profundos deseos de su corazón podían cumplirse si nunca perdía la fe, y si además era lo suficientemente valiente como para luchar por ellos. Las hadas no eran reales, pero sus cuentos, de alguna forma, podía...

Never give up.

Dime, niña, dónde se torció todo. En qué punto de la historia te tropezaste y te creíste que ya no podrías avanzar más.  Dime dónde dejaste olvidada la confianza en ti misma, cuéntame por qué empezaste a verte tan pequeña cuando en realidad eres tan grande.  Dime cuándo fue,  que yo vuelvo atrás y junto los pedazos rotos. Te lo pregunto todo porque yo no entiendo nada. Te miro y veo el poder que tienes en las alas, esas alas que se mueren de ganas de volar muy alto. No te veo haciendo otra cosa ni en ningún otro lugar, ni tampoco quiero. Ojalá creyeras en ti como yo creo, ojalá te vieras tan capaz de comerte el mundo y conquistar tus sueños como yo te veo.  No te rindas, por favor, no cedas . Pero no lo hagas ni por mí ni por nadie que no seas tú. Yo sé que puedes, sólo falta que te des cuenta.