En aquel "¿y si...?" me maté yo.

No voy a decirte que mi vida si no estás aquí no tiene sentido, ni que no sé ser feliz si no te tengo a mi lado. Tampoco voy a decir que no puedo vivir sin ti, ni que seas la condición inamovible para despertarme por las mañanas con ilusión. No pienso decirte nada de eso, porque sería totalmente mentira.

Sin embargo, no es mentira que contigo todo es un poco más. Un poco más vivo, un poco más grande, un poco más brillante. Mejor. Un poco más inestable, un poco más cuerda floja, un poco más corazón acelerado. Qué miedo. Un poco más terremoto, un poco más sin palabras, un poco más abismo. Y me dejé caer, porque seguir en tierra firme ya no tenía sentido.

Hay palabras que por dentro queman y se te clavan en los huesos. Hay palabras que te oprimen y te retuercen el corazón, y no te dejan respirar y se te agolpan en la boca gritando en silencio salir. Hay palabras a las que es mejor abrir las compuertas y dejar libres. Que vuelen, y ya el viento dirá hacia dónde las arrastra, y te arrastra con ellas. Mejor ser prisionero de lo que sientes a serlo de un "¿y si?" que nunca se responda. Mejor poner toda la carne en el asador que dejar que te abrase la duda. Mejor vivir con cicatrices que no vivir.

Dejar fluir las palabras que tratan sobre lo que sientes, es como desnudar el alma y dejarla a la intemperie. Pero quién sabe, igual viene alguien y la arropa. O igual así es más libre, y con eso basta. Igual se te llenan los labios de sonrisas de alivio y orgullo, porque has sido capaz. Igual a veces el destino desconocido de nuestros actos es lo de menos, porque lo que importa es lo que te sale del corazón.

No sé quién era más prisionera, si las palabras que clamaban por gritarse o yo por no gritar. 

Y no sé si ahora pago aquel indulto, o si vivo a la espera de un nuevo giro de peonza, o si sólo estoy en mitad de la nada con la vida muy despeinada.

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