Llamadas perdidas.
Hace dos años, mi padre, que siempre llamaba, no llamó. Entonces, le llamé yo, y no contestó.
A veces, lo siento todavía como si fuese alguien con quien llevo mucho sin hablar. Y, de repente, me acuerdo.
No creo que la muerte tenga derecho a cambiar el recuerdo que alguien te dejó cuando estaba vivo, pero también creo que, algunos días, está bien dejar entrar por un resquicio de la puerta la certeza de un duelo que, por inusual, o por callado, se te aferra una ferocidad que no podías imaginarte al principio.
La incertidumbre de las preguntas que nunca nadie va a responder es una sábana fría que no te deja dormir por las noches: qué pensamiento arrastra consigo un último suspiro, cuánta consciencia cargan los latidos que ya apenas tienen sentido.
¿Podría haber hecho algo yo que hubiera hecho las cosas diferentes?
Por otro lado, una evidencia: la soledad.
Segunda evidencia: la muerte no tiene vuelta de hoja, no acepta arrepentimientos, no da segundas oportunidades.
Tercera evidencia: aunque las diera, no habría cambiado nada.
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