Sueños en agosto.
Hace mucho tiempo, tenía pesadillas casi todas las noches. Cada una era diferente, pero en todas me perseguían para matarme, pedía ayuda y nadie me escuchaba o nadie me hacía caso.
Una noche de estas, he vuelto a huir en sueños. Corría por unos pasillos de metro oscuros y desiertos, intentando escapar de un peligro que desapareció al despertarme. Desapareció el peligro, no el miedo. Ese se me quedó atenazado al cuerpo un rato más, por mucho que me empeñase en abrazar la almohada.
No me gusta agosto, es el domingo de los meses, y no me gustan los domingos. La ciudad se vacía y los fantasmas aprovechan para rondar cuando no hay quién los ahuyente. A veces, se cuelan entre la rutina y el calor para aprisionarme el pecho muy fuerte cuando intento respirar. Otras veces, parecen querer romperme las costillas desde dentro. Otras, me dibujan deseos que se evaporan con asfixiados por el verano en Madrid.
Sólo me apetece acurrucarme en un sofá, con la temperatura justa para arroparme con una manta, abandonarme en unos brazos y que me acaricien el pelo. No pensar al milímetro qué decir y qué no, respirar despacio, tararear alguna canción bajito y no pensar demasiado. Soltar los mandos por un rato.
No tener miedo a que no me quieran.
Que me cuiden. Cuidar.
Dormir sin pesadillas.
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