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Primera parada, París.

Hasta el aire es distinto. El aire parisino huele a glamour, a croissant recién hecho, a romanticismo, a amor. Las luces, Notre Dame, el Louvre. Todo es diferente allí. Es un mundo, es magia, es París. Sueñas con un romántico paseo por el Sena, con una cena en un típico restaurante francés, con caminatas por los campos Elíseos y, sobre todo, con un beso frente a la Torre Eiffel. París, el rey del amor. París, el dios del amor. Como una especie de Afrodita, transformada en ciudad. París, je t'aime . París, mon amour . París... Como un escenario construido sólo para representar obras románticas. Siempre, París. Bon soir...

Sala de espejos.

No sabes cómo, ni porqué, ni sabes qué es. Te sientes como perdida en un laberinto de espejos. Espejos que te reflejan distinta, más alta, más baja, más delgada, más gorda, más rubia, más guapa, más perfecta, más menos tú. Tan distinta que no eres tú. ¿Pero por qué? ¿En qué se diferencia de ti? Y algún espejo roto, con sus cristales esparcidos por el suelo. Y si no tienes cuidado, se te clavarán en el corazón. Y duele. Tal vez la única diferencia entre esa chica y tú es que los "te quieros" de tus sueños son para ella...

Sueño de una noche de verano.

Silencio, noche, estrellas, cielos despejados. No hay luna. Surcando el mar, con elegancia, las delicadas notas de un piano, tocadas por manos decididas, ponen banda sonora a la velada. En una terraza, una mesa redonda, y tú, sentada, al lado de tu mejor amiga. Y un chico se acerca a ella y la susurra algo al oído. Y, a cinco metros de ti, tú le ves. A él. Que te mira con esos ojos verdes que tanto anhelabas, y te sonríe. Te sonríe como nunca le habías visto sonreír, feliz, alegre... Tal vez con una pizca de amor. De todas formas, es la sonrisa más especial que jamás le has visto dedicar a nadie, y ahora va para ti. Él te sonríe y justo en ese momento... Suena el despertador.

De película.

Luces, cámara y... ¡acción! Qué fácil es ser feliz cuando tú estás al mando. Eres guionista, directora y protagonista de esta súper producción. Decides quiénes son los buenos y los malos, quiénes son felices y quiénes no. Escoges los lugares, los decorados, los vestidos, las situaciones. Tú eres la encargada de decir quién va a ser el príncipe azul del cuento y tú vas a escribir cómo acaba. Las frases bonitas, las sorpresas, los regalos, los ramos de rosas, los besos, los abrazos, las rupturas y sus románticas reconciliaciones... todo está en tu mano. Él va a quererte, va a tratarte como a una princesa y vuestra historia será la más bonita de todas. Controlas los sentimientos de todos los personajes, cómo se van a portar contigo, las repercusiones que tendrán en ti y en tu historia. Escribes un guión, tu guión, el de tu película. Pero llega el momento de gritar "¡CORTEN!" y meter los títulos de crédito... vuelta a la vida real.

Del verbo necesitar.

Necesitar... dicho así parece que más que amor lo que sientes por él es adicción. Puede ser, pero le necesitas. Esta noche le necesitas. Necesitas sus ojos, su voz, su pelo. Simplemente saber que está cerca. Cada vez odias más las distancias. Aprisionan, temporal o indefinidamente, lejos de ti, lo que más necesitas en cada momento. Quién sabe cuánto tardarán en devolvértelo, quién sabe si cuando te lo devuelvan será igual, si habrá cambiado, si no será el mismo, si el cambio es para bien o para mal... Angustia. Angustia al pensar en los cambios... Todos cambiamos, ¿verdad? Pero tú no quieres que él cambie. Te gustaba tanto así... era tan perfecto así... Y angustia, por supuesto, por todo aquello que pueda pasar por su cabeza o, peor, su corazón. Supones que sí quieres que algo cambie, que cambie para mejor, que sea como en los cuentos de hadas, pero difícilmente va a pasar eso, así que prefieres evitar cualquier cambio que no os lleve a la película de príncipes y princesas. ¿Dónde est...

Lluvia.

Tarde de agosto gris. Caen gotas de lluvia, golpeando con suavidad los cristales, las hojas de los árboles, el suelo, los paraguas. . . Este no ha sido tu mejor día, y tal vez, si fueras otra persona en el mundo, la lluvia no mejoraría las cosas. Pero no eres otra persona, si no tú, y la lluvia te encanta. Miras al cielo, sonríes, coges el paraguas y lo abres. Pero un par de metros más adelante te paras y vuelves a sonreír, más que antes. Cierras el paraguas y empiezas a mojarte. Mejor, mucho mejor. Todo huele a mojado, está fresco, y la lluvia empieza a arrastrar todo lo malo... se lleva las penas. Vuelves a sonreír.

Verano.

Largo, demasiado largo. El verano asfixia, se te echa encima con todo su calor y tarda en irse. Él se queda, todos los demás se van. Y piensas porqué has estado esperando todo el curso a que llegase el verano para, ahora, encontrarte con esto. Soledad y calor, demasiado calor. Nostalgia, enfermiza nostalgia, que se mezcla con el sol, con la crema solar, con el aftersun , el cloro, el agua salada y la arena. Porque los recuerdos son como las olas de mar. Vienen, te hacen feliz, sonríes; o tal vez te hacen llorar, y luego se van, para volver después...