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Contracorriente

Últimamente sueño muchas cosas, escenas inconexas e inconclusas que se mezclan y de las que apenas recuerdo una imagen breve que no dice nada. Personas que no están, personas que no tiene sentido que estén, lugares de los que me voy a marchar y lugares en los que hace mucho que no pienso. Entre ellas, hoy he soñado que me quedaba dormida en un sofá plagado de alfileres que me ayudabas a esquivar, arropada por la dulzura de unas caricias que iban y venían desde mi tobillo hasta el empeine. Tal vez eso me hace falta: descansar en medio de todo con la seguridad de que, mientras, alguien te cuida. Después, mi abuela traía una cajita de tejas de almendra y yo te decía que igual te sabían demasiado dulces. Pero no, decías que estaban perfectas así. Últimamente también siento como una losa el peso del paso del tiempo sobre mi espalda, de los sueños que quería alcanzar y no estoy alcanzando y la terrible consciencia de que las hojas del calendario no pasan sólo para mí, sino para aquellos que ...

Aún me acuerdo de todo.

Probablemente tú no te acuerdes pero yo no lo he olvidado, ni se me ha ocurrido querer intentarlo. Recuerdo el roce de tu mano en mi codo, tus labios y los míos y mis dedos en tu pelo. Mi nudo en el estómago, tus manos en mi tripa, intentando deshacerlo pero no consiguiéndolo. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan a gusto en ningún sitio como en tus brazos. Lo quería todo y no pude permitirme el lujo de tener menos. Al final, apenas tuve nada más allá de un esbozo tembloroso a sucio cuando yo lo que más deseaba era derramar toda la tinta sobre el papel. Y ese dibujo a lápiz en cristales empañados me sirve ahora para no acordarme de olvidarme de ti cada día un rato, al abrazar la almohada antes de irme a dormir. Para jugar con el fuego de fantasear y soñar despierta con lo que ni podría haber sido ni podrá ser. Parece que me queman las manos mientras lo escribo. También me acuerdo del último día volviendo a casa, incapaz de no sonreír e incapaz de ignorar que aquello iba a doler. Un d...

Encaje.

En algún momento tendrá que dejar de temblarme el suelo y el cuerpo cada vez que me acuerdo del recorrido de las yemas de tus dedos en mi piel, cosiéndote a caricias en mi memoria. Creyendo, quizá, que es sólo un pespunte chapucero que podría deshacer en cuanto llegase a casa. Pero nada más lejos de la realidad. En lugar de eso, se me quedó enganchado al miocardio el encaje más delicado e injustificado que podía imaginarme, de esos que sólo quieres que te quiten a besos para besarte mejor.  Qué vergüenza. Desde hace mucho tiempo sé que, ojos que no ven, corazón que se salta la señal de peligro, y por eso me los vendé y fingí no saber que habías venido. También fingí no saber que te tenías que ir, para dejar siempre un espacio a la esperanza de encontrarte de repente que se comiera al miedo de no verte nunca más. Es absurdo, perdóname. Pero algunas veces suelo recostar mi cabeza en el hombro de la Luna, y le hablo de muchas cosas. De esta amante inoportuna que se llama Soledad y de ...

La canción más triste del mundo

El 11 de enero de 2015, bajo un cielo insultantemente azul y entre los acordes de una canción de Joan Manuel Serrat insultantemente alegre que sonaban insultantemente alto en mi cabeza, un pedazo del mundo dejó de ser lo que era. A veces, necesitas tiempo y calma para saber el momento exacto en el que las cosas dejan de ser como son y cambian irremediablemente. El 11 de enero de 2015, mientras el sol de invierno se colaba a través de unas cristaleras que preferiría no haber conocido jamás, yo sabía que algo se había roto y que difícilmente tendría arreglo. Ella, tan menuda, que se sentía la persona más pequeña e insignificante del mundo, resultó ser el cemento que mantenía las cosas en pie, quien tenía la carcajada que conseguía que las tinieblas estuvieran todo el rato llenas de luz. Serrat se burlaba sin quererlo diciendo que   podía ser un buen día (y, además, mañana también) sin saber que la vida se quedaba un poco más vacía y cada silla en una casa de Madrid se quedaba un poco...

La chica que cambia el agua a las rosas muertas

Hace tiempo, con el corazón hecho trocitos, me regalaron una rosa en mi cumpleaños y me hizo tanta ilusión que seguí cuidándola, mirándola y cambiándole el agua incluso cuando ya estaba cabizbaja y le crujían los pétalos. Me di cuenta de que soy la chica que cambia el agua a las flores incluso cuando están muertas. Literal y metafóricamente también. Paso las páginas pero doblo las esquinas de mis favoritas para releerlas de vez en cuando. Para paladear las sensaciones bonitas, las palabras que acarician o calman, las palabras de amor o de verdad, las de esperanza y las afiladas que se clavan en la piel, haciéndote daño para curarte, como una inyección o una vacuna. Paso las páginas pero doblo las esquinas hasta que el libro se acaba deshaciendo entre mis dedos de puro agotamiento. Cambio el agua de las flores muertas hasta que el terciopelo se vuelve áspero y reseco, ya no hay rastro del olor y sólo me quedan hojas marchitas en las manos al intentar acariciarlas. De momento, voy a camb...

Impuntualidad.

No me gusta la impuntualidad y, sin embargo, últimamente tengo la sensación de llegar tarde todo el tiempo. Como la tarde que salí a buscarte y tú ya te habías ido. Pido calma pero soy incapaz de no intentar correr en el sentido contrario a las agujas del reloj, sin poder casi respirar y sin saber qué estoy buscando. Y, sin embargo, si en algún momento consigo colocarme detrás de ellas, las empujo con todas mis fuerzas a ver si así avanzan más deprisa. Me peleo constantemente con el tiempo y sus tiempos, como si no supiera de sobra cómo lo cambia todo un instante sin que sepas cómo ni cuándo y sin darte espacio para preparte, cómo ya no puedes volver a ver las mismas cosas de la misma manera y cómo se te quedan tatuadas para siempre en los recuerdos y en el miocardio. Como cuando, después de haberme bajado mil veces en la misma estación de tren, un día lo hice para ir a un concierto de La Oreja de Van Gogh, y ahora siempre suenan en mi cabeza sus canciones cuando espero en ese andén. O...

Hallelujah.

Despacito, poco a poco, casi sin que te des cuenta. En forma de murmullo lejano, una voz pequeña susurra a medida que se va acercando cada vez un poquito más, mientras se le unen otras voces, también pequeñas, también en susurros, que también se acercan. Al acercarse, resulta que las voces no susurran, sino que cantan bajito, y también resulta que, a medida que avanza la canción, ganan fuerza y crecen. Muy poco a poco. Y, cuando crees que van a seguir creciendo, de repente, retroceden un poquito hacia atrás. No mucho, lo justo para dejarte con las ganas en las manos y en la garganta. Pero la canción vuelve. Vuelve más fuerte, más intensa, más grande, crecida, como un río de agua transparente corriendo cascada abajo, sin poder frenar la emoción. Y esa emoción, primero, te hace hormiguear la tripa, y después no es suficiente y te encharca los pulmones, te encoge el corazón y te ata la garganta. Sigue creciendo y la emoción ya, de manera literal, no te cabe en el cuerpo.  La emoción y...