Fin.(..)

Ya he perdido la cuenta de las veces que lo he intentado y no me ha salido. No sé, poner un punto final no parece tan difícil. Es un punto, sólo eso. Una gota de tinta basta. Y ahí se acabaría todo. Porque si pones punto y final luego ya no puedes seguir, ya no se puede volver. 

Esa es la teoría.

No soy nadie para asegurar que no vuelva a ocurrir. Y claro, si has puesto punto y final, no puedes permitirte eso. Las recaídas van después de las comas, que quieren terminar y no se atreven. Los puntos finales son contundentes. No hacen excepciones. Son finales. Y punto.

De vez en cuando me dan espasmos de valentía. Y en cualquier lugar planto ese punto final. En un vagón de tren. De camino a cualquier sitio. Al cruzarme con. Justo cuando me estoy saltando esa canción del iPod que me recuerda a ti. Y el punto final dura poco, porque lo transformo en tres puntos suspensivos. Cobardes. O cobarde yo, pero esta es mi historia y la cuento como quiero.

Porque esa suspensión me da libertad para poder recaer en ti si me da la gana. Si un domingo es demasiado triste. O si no hay olas que se lleven tus recuerdos lejos. Si recaigo después de tres puntos suspensivos no le estoy fallando a nadie. Tal vez a ti que me llamaste valiente, pero nada más.

Pero recaer después de un punto final no está bien visto.

Así que, una vez más, prefiero dejarlo en suspenso.

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