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Ángeles de la guarda.

Todos tenemos malos momentos, ¿no? De esos en que estamos un poco perdidos, que no sabemos hacia dónde vamos o por qué. De esos en que nos falta un poco de luz, no exactamente para que sepamos hacia dónde caminamos, sino simplemente para que tengamos ganas de caminar. A veces esas luces tardan en encenderse, a veces no se ven. Y luego siempre llegan, encendiéndolo todo alrededor, y te preguntas cómo has podido vivir sin ellas. Descubres que la vida es más bonita aún si esas luces brillan, y sabes que quieres que brillen siempre, que se queden, porque se han convertido en un par de ángeles de la guarda que ponen luz al camino que fue de lo más oscuro. Gracias.

Cuando tú no estás echo de menos los abrazos.

Tu voz, tu presencia y tus ojos, lo llenan absolutamente todo, no dejan espacio para nada más, mucho menos para cosas malas. Iluminas los rincones más oscuros aunque sea a media luz, porque así nos basta. Pero cuando no estás... Cuando tú no estás el mundo se cierra un poco y se hace más pequeño, aunque lo suficiente para que estés lejos. Cuando tú no estás, no quiero la media luz porque no tiene ningún sentido sin ti. Pero lo peor de cuando tú no estás es que echo de menos los abrazos. Los tuyos y todos, los de verdad. Los abrazos que duran lo suficiente como para darte cuenta de lo bonito que es. Los abrazos en los que los corazones se escuchan y casi se tocan. Los abrazos en los que me quedaría a vivir, en los que me perdería  y me daría igual que nadie me encontrara, p orque estaría justo donde quiero estar .

Diez.

Hace diez años, una niña de nueve cenaba viendo una película cuando sonó el teléfono. Al otro lado, una voz entrecortada apenas dijo una veintena de palabras. Pero la niña de nueve años se olvidó de cenar, y se olvidó para siempre de la película que estaba viendo, desterrándola al fondo de un cajón. La niña de nueve años sólo se acordaba de llorar. El tiempo desde entonces ha volado, pero cada seis de noviembre, la que entonces era una niña vuelve a empequeñecer, la almohada de moja otra vez, y todo parece demasiado grande. Parece grande tu recuerdo, aunque apenas esté casi reducido a cenizas, consumido por el tiempo como el tabaco se consumía en tus labios. Parece grande todo lo que te echo de menos, aunque este "grande" se quede pequeño comparado con la realidad. Parecen grandes los segundos, el tiempo, el siempre y el nunca, aunque hayan pasado diez años sin ti y me sienta exactamente igual. Parecen grandes mis ganas de llorar, y créeme que lo son, aunque todavía pu...

Detalles.

El mundo está lleno de detalles.  Los colores en las nubes, la diferencia entre el color granate y el burdeos, las espinas de las rosas, un dedo cortado por el filo de una hoja de papel. Un buenos días, la manera que tienen los rayos del Sol que cegarte, la manera de entrecerrar los ojos cuando el Sol te ciega. Las cosas grandes son sólo muchos detalles todos de golpe... La primera palabra en una página en blanco, un atardecer bonito desde el tren, un silencio de apenas dos segundos. Una dedicatoria de hace años, cartas guardadas en una caja de cartón con flores, la camiseta escondida en el fondo del armario. ...Como las canciones bonitas que parten de un par de acordes... Un "me he acordado de ti", un "te echo de menos", y una respuesta. "Te necesito", "te quiero", "quiero verte". Un tren de ida, su billete de vuelta, un abrazo de vez en cuando. Una piruleta de corazón, la pulsera del puestecito de la playa, la are...

Ahora, que (casi) te tengo en frente.

Te miro, a ti, tu pelo, tus labios, tu camiseta de rayas. Esa camiseta de rayas que no se me olvida, que hizo de guía para que no me torciera al escribir en el aire las palabras que más me han costado nunca. Te miro, miro tu tinta negra, que habla de puntos de apoyo, que dice que me quiere desde la cara de atrás de un billete de metro de París. Te miro en una entrada de cine, en billetes de tren, en postales. Te miro y casi te veo a mi lado, pisando la tabla del parquet que cruje. Te miro y te veo riéndote. Te miro y veo tu risa, veo como te brillan los ojos. Te miro y quiero volar, que vuele el mundo a nuestro alrededor. Que vuele mi boca a la tuya, tus manos a mis manos. Te miro y te veo; nos veo, volando.

El breve instante en que todo desaparece, menos tú.

No voy a decir que sea fácil, porque tú, el resto del mundo y yo sabemos que no. Que es de todo menos fácil, que a veces se hace tan cuesta arriba que dan ganas de tirar la toalla y rodar hacia abajo, olvidando que en la cima de todo estás tú. Las esperas son difíciles y largas, pero tú me has enseñado que valen la pena. Lo que más echo de menos es, a veces, mirarte a los ojos, con mis manos rozando tus mejillas. Acariciarte despacito, besarte la frente, y después los labios. Abrazarte. Es justo ahí, en ese momento, en ese lugar que es nuestro abrazo, cuando el resto del mundo desaparece y nos deja a solas. Sin milímetros que nos separen, con caricias que se dan solas, y todos los besos que nos tenemos guardados... A veces pienso en ello y me devora la impaciencia, las ganas de ti. Las ganas de un abrazo en silencio que dure minutos eternos.

Azul oscuro, casi negro, pero nunca negro.

El tiempo pasa y pasa la vida . Las páginas de los diarios se manchan de trazos de tinta, de borrones que dejaron las lágrimas al estrellarse contra el alma, de sonrisas que pinté cuando decidí que podía permitírmelas.  Pasé del calor que ofrecía el nido que siempre nos había cobijado y el plumón que todavía me cubría, a las ventiscas que me llevan  y me traen, arrancando las plumas blancas y suaves para dejarme con un plumaje nuevo, de chica mayor . Una chica mayor que ni sabe, ni quiere saber , dónde se ha metido. Aún así, aleteé porque no me quedaba otra; era eso o el abismo. No miraba hacia arriba , para ver cuánto podía subir; ni hacia adelante , para ver cuánto podía avanzar. Ni siquiera miraba hacia abajo para comprobar cuánto podía caer. Miraba hacia atrás . Y, como cualquiera que no mira por dónde anda -vuela-, tropecé . Una y mil veces. Caí, dándome cuenta sólo cuando me vi sola , porque el resto del mundo volaba por encima de mí. Y todo se volvió negr...