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El arte de emocionarse.

Piensa en un momento en el que fueras inmensamente feliz. Qué bonito es emocionarse, emocionarse de verdad, y qué poco ocurre. Igual precisamente en eso resida la magia. Casi nunca nos acordamos de lo maravilloso que es respirar porque respiramos todos los días.  Empieza justo en el centro de la tripa, como un cosquilleo suave, unas ganas infinitas, una sonrisa nerviosa. Como la introducción dulce de una canción que habla de pájaros, de cielo, de libertad, de océanos y de felicidad. Y el hormigueo trepa desde la tripa hasta el pecho, y el corazón de repente late más deprisa, al compás de esa música. Después se extiende por los pulmones, los llena y los expande para que entre todo el aire posible, para que la melodía no pare ni un segundo. Entonces, el cosquilleo ya es un terremoto, y el pecho se le queda pequeño y necesita más. Y sube, garganta arriba, con decisión. Te inunda la boca, la abarrota de palabras, de intenciones, de aquí y ahora , de fel...

(in) Gravity.

Un cóctel molotov en la mente, un terremoto en las manos, un huracán en el corazón y una olla a presión en la boca. Un miedo que suelda los barrotes de la celda que no deja que salgan las palabras. Un montón de sueños que no me dejan dormir. Una bandada de pájaros en la cabeza que pían muy fuerte y no me dejan pensar. Que no me dejan pensar en otra cosa que no seas tú, en realidad. Hay algo que me tiembla en el pecho. Pavor, creo. Necesidad, tal vez. La sangre hirviendo, burbujeando. Impaciencia. El tic tac de la cuenta atrás que me he inventado y que se me clava en la piel. Ayuda, socorro, auxilio, me ahogo. O blanco o negro, o estrella o me estrello. Y cada vez veo el impacto contra el suelo más cerca. Y por otro lado, qué revoloteo de mariposas más dulce llevo dentro. Me hacen cosquillas en el estómago con el roce de sus alas, y a veces parece que también vuelo yo. A veces parece que la vida puede empezar otra vez. Que cuando decían todo pasa , tenían razón. Pedía incertidu...

Limerencia.

Un vaso de café en el fregadero después de apurar los últimos restos de azúcar del fondo. Vainilla en el cuello y las muñecas, música en los oídos y en la cabeza y el corazón. Canta bajito por la calle y el tren llega al andén justo cuando llega ella, y el metro la está aguardando en el suyo, y el autobús frena en la parada para que ella no tenga que esperar. Se deja atrapar por las páginas del libro que lee. El cielo es muy azul, el sol brilla fuerte y la vida es ágil.  Sincronizada. Las palabras fluyen, de la mente a las manos, que tiemblan impacientes por deshojar margaritas. Porque cree en esas cosas sólo si le dan la razón. Se vuelve loca por las flores, por los fuegos artificiales, por meriendas de chocolate, por reír muy muy fuerte. La brisa es suave, la sonrisa perenne y la vida se tiñe etérea. Sintonizada.

No vivir puede matar.

Tú, que no tenías ni idea de dónde estabas ni a dónde ibas, ni qué buscabas, ni qué querías, ni qué esperabas de la vida. Tú, te has imaginado un camino de flores de colores que brillan al sol, y de repente te inventas un destino incierto, inseguro, enclenque. Pero aquí hemos venido a jugar, ¿no? De repente, vivir es revivir un flashback  que te hace temblar de miedo e ilusión a partes iguales. La firmeza de las arenas movedizas, la adrenalina de las cuerdas flojas, las vistas desde el borde del abismo, el aire que te falta en la caída libre. El grito ahogado y el corazón al galope porque no tienes intención de abrir el paracaídas. Cuando supe que quería, me di cuenta de que podía . Tal vez la vida sea como una parada de autobús, y ninguno frena para que te subas si no se lo pides tú. Tal vez los autobuses no lleven un cartel luminoso con su destino, tal vez la gracia sea no saber si vas a llegar al final del trayecto o si vas a despeñarte por...

Entropía.

Me gusta la gente que tiene miedo y aún así salta. Que se despeina. Que siente con fuerza, se mancha los vaqueros de césped y se moja pelo cuando llueve. Me gusta la gente que improvisa e inesperada, la que canta sin miedo. Que se sonroja cuando algo le hace cosquillas en el corazón, que tiembla de nervios, a la que le brillan los ojos. Que se ríe de sí misma, que no le da miedo lo desconocido, que camina siempre como si tuviera un rumbo aunque se esté inventado el camino. Me gusta la gente que cree en el amor, que se vuelve cursi a veces, que se arriesga. Me gusta la gente que hace locuras, la gente a la que le vale la pena el esfuerzo, la que baila en el ascensor. Que lleva colonias suaves, que aparece de repente, que da besos en la frente. Me gusta la gente que mira fijamente a los ojos, que estalla en carcajadas y que llora de felicidad.  Me gusta la gente que lee en el tren, que marca el ritmo de las canciones que escucha con el pie, que inspira muy fuerte cuando hue...

Despedidas al despertar.

La ventaja de las pesadillas es que al final te despiertas. Que, afortunadamente, no son ciertas. Que al abrir los ojos puedes decir que era todo mentira con un suspiro de alivio. Que en la vida real estás a salvo. El problema está en esos sueños que te hacen creer que la pesadilla viene al despertarse. Como si dejar de soñar fuesen las doce campanadas de Cenicienta que rompen el hechizo. Todo se desvanece, como desaparece el humo alejándose cada vez más y más en el cielo, como una bombilla que se funde cuando el hilo no da para más. El telón se viene abajo. Fin.  El problema no está en las pesadillas que te hacen sufrir cuando duermes, sino en esos sueños a los que te mudarías a vivir para siempre sin despertar nunca. El problema está en que me creía a cubierto que tu voz, de tus palabras, de tu olor y tu manera de hablar. Pero mi subconsciente, director y guionista de cada uno de mis sueños, los tiene atesorados, a salvo de mi olvido.  Sueño con un...

Nadie se encontró si no estuvo perdido.

Lo que dura un parpadeo es lo que tardo en ponerle palabras a este cómo me siento que se ha escondido detrás de una interrogación tanto tiempo. Cierro los ojos y al abrirlos se me escapa por la boca. Perdida. Completa, total, y absolutamente perdida. Y sin embargo, no me da miedo no saber en qué punto estoy. No me asusta tanto como me asustaba cuando no sabía qué ocurría. No sé si tirar hacia mi derecha o mi izquierda, pero la incertidumbre no me intimida. Sólo me inquieta, un poco. Pero perderse significa que puedes acabar en cualquier lugar, sólo basta caminar y no quedarse quieto. Tal vez mi extravío sea el punto de partida que buscaba. Me permito cerrar los ojos y respirar. No sé a dónde voy, no necesito vigilar mis pasos. Basta con que camine hacia donde me apetezca caminar, porque no hay sendero pintado en el suelo, y así sólo se me multiplican las opciones. Quiero dar un rodeo a solas y volver a saber de mí. Contarme cómo me van las cosas y si quiero ir a pasos lent...