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Retroceder.

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Puede pasar, puedes volver atrás. He vuelto atrás. He vuelto a bailar con los pies descalzos encima de botellas de cristal rotas y se me ha vuelto a escapar la  sangre  entre jirones de piel. He puesto a cero el contador de días sin accidentes. Me acaricia el pelo esa sensación, aquella vieja conocida que nunca podría traerme nada nuevo. De repente soy una niña de cinco años que no quiere ir mañana al cole. Me escondo de la tormenta detrás de una canción, que es donde más llueve. La siento  refugio porque ella sabe de qué va la historia. Habla de escapar, y yo no quiero estar aquí.  No me queda energía para más que dar un paso más por inercia todos los días. No me queda energía para tener ganas, ni para entender por qué todas las cosas se han dado la vuelta. Sólo quiero cerrar los ojos y que pase el tiempo, que todo se ponga en el sitio en el que se supone que debe estar y ya yo veré qué hago. He rebobinado hasta un puente colgante sin barandill...

A ti, 2018.

Gracias. A ti, 2018, por haber sido oasis y paz después de la guerra de 2017, por haber sido abrigo después de la helada y por haber sido calma después de tantas tormentas. A ti, por haber sido refugio cuando nada más lo era, por permitirme aferrarme a las cinco barras de tus pentagramas  cuando  me estaba cayendo. Por ser canción de cuna  cuando  las pesadillas no me dejaban dormir, por hacerme temblar de emoción. Por obligarme a no pensar en últimas veces. A ti, por hacer la rutina menos rutina, por acompañarme en este último (¡ultimísimo!) tramo de cuesta arriba, por llorar conmigo aun sin saber por qué lloraba yo, por ser el empujón que a veces me hace  falta y por ser apoyo cuando el optimismo dice que ya si eso otro día. Por querer que salga el sol aunque a mí me guste la lluvia, por "venga, pero inténtalo, que no pierdes nada". A ti, aunque seas más fugaz de lo que yo quisiera, por valer más de lo que piensas y merecer mil millo...

Cierro interrogación.

No sé. No sé cómo empezar lo que no sé que quiero decir. No sé si no sé a dónde voy o si no quiero saberlo, pero siento como si fuera a saltar de cabeza por un  precipicio mañana, o pasado, o al otro. Y siento como si no me importara reventarme contra el suelo y a la vez me preocupase encontrar todos los trocitos de mí que quedasen desperdigados por ahí. No sé. No sé, y prefiero no saber, porque una de las pocas certezas que tengo dice que, ni estoy donde quiero estar, ni voy a donde quiero ir. Me falta paz, me falta tranquilidad, me faltan los significados de todas las canciones. Tal vez lo que pasa es que sólo necesito una bocanada de aire fresco y cada vez que respiro inspiro alquitrán. No sé. No sé dónde se me quedaron las ganas, la verdad. Como si en mitad de una mudanza de corazón las hubiera metido en a saber qué caja y se hubieran traspapelado en un almacén. Como si la luz de los fluorescentes las hubiera marchitado un poco. Como si nunca hubiera...

Puntos de inflexión.

"He odiado las palabras y las he amado, espero haber estado a su altura". La ladrona de libros (Markus Zusak) Tú. Sí, tú.  Que tienes miedo de lanzarte a escribir porque crees que se te ha olvidado, como si lo único que tuvieras que hacer no fuera tan sencillo como abrirte en canal y dejar que la sangre fluya. Tú, que vives a bordo de una montaña rusa y a veces sólo necesitas un poco de paz. Que desde fuera pareces un mar en calma y por dentro truenas. Que te has perdido otra vez y más que nunca, que rompes a llorar de repente porque sí. Porque la tormenta a veces se desborda. Tú. Que atravesaste un infierno sin pestañear y ahora no sabes a qué espina aferrarte. Que piensas que ya no tienes fuerzas y entonces avanzas un poquito más. Que no ves la puñetera luz al final del puñetero túnel, pero confías muy ciegamente en que en algún momento tiene que llegar. Tú, que tenías tanto que contar que dejaste de hacerlo por miedo a las palabras que pudieran salirte de dent...

4923.

Decido volver a escribir y lo primero que hago es publicar un borrador que en su momento me guardé para mí. Ahora tiene menos sentido, porque llevamos 3 meses de 2018 y esto era una despedida al 17, pero, ya ves tú, el 2017 fue lo que fue y eso no va a cambiarlo nada. Luces y sombras. Lágrimas y lecciones. Ojalá hubiera sido distinto, y, sobre todo, ojalá no se me olvide nunca todo lo que aprendí. Por ese motivo, sólo por ese, merece la pena publicar estos textos hoy: un  intento de poema y una carta a mi yo del pasado, o del futuro, no lo sé, el día que hice la cuenta de las cosas buenas que había ido apuntando a lo largo de 365 días. Ni de lista de propósitos, ni de pies derechos, ni de nada rojo, ni de deseos. Nunca fui de nada de eso. Pero sí fui de hacer balance, de hacer trampas en el último momento y de vencer todo mi peso en el lado de lo bueno. Ojalá abriese los ojos y fuese un julio distinto, ojalá no hubiese descubierto que cuando parecía que no podía más,...

2017.

Cuánto ha crecido en un año la niña que hace doce meses se creía heroína, la que pensaba que había roto sus cadenas, que decía que tenía menos miedo y que se sentía con las alas medio  abiertas. Cuánto ha pasado. Ahora se siente un lingotazo de fuerza, como el último chupito de la noche, tan poquita cosa, pero superviviente de todas las tormentas. Ahora los espejos le devuelven la mirada con orgullo, los ojos le saben a caricias y le nacen flores en el pelo. Las canciones ya no son terremotos  sino puertos seguros, y me arroparon el día que me refugié bajo la lluvia mientras huía del verano. Se me llenaron los pulmones de agujas y, a pesar del dolor, me cosí un vestido con ellas. Encontré manos para mí cuando me olvidé de caminar; las que siempre estuvieron, las que se fueron y volvieron, y las que aparecen cuando más falta hacen. También perdí y reaprendí que, a veces, perder es una victoria. Y vencí. A mí, al miedo, a las ...

A la deriva.

Ojalá pudieran capturarse las sensaciones y guardarlas en frascos de cristal para recordarlas luego, porque estoy sintiendo como en medio de tanta oscuridad se prende una vela y no quiero que nunca se me olvide esta paz. Me perdí, pero no como se  pierde  quién olvida el camino, sino con el pánico de quien, de pronto, no sabe a dónde quiere ir, y de tanto caminar en círculos, tropieza, cae y se sienta en el suelo a esperar a que pase la tormenta. Y ella no tiene pinta de querer escampar. Metí las manos en los bolsillos y me clavé los cristales de mis miedos, de mi inseguridad, de mi "yo no puedo", de mi "no voy a llegar", y toda esa sangre,  gota a gota, me borró el destino y me mató los sueños, y todo ese dolor, desgarro a desgarro, un día me despertó y se me puso delante de los ojos en forma de poema. La ventaja de caminar sin rumbo fijo es que no sabes con qué cosas buenas te vas a tropezar. Ni tengo mapas, ni los quiero, por...