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De vocación, miedosa (tú puedes).

Persona con miedo a tomar decisiones por pánico a equivocarse toma una decisión y se equivoca.  Últimamente pienso mucho en cuando, en los primeros años con carnet de conducir, me daba tanto miedo que bajar en ascensor al garaje me ponía nerviosa y al bajarme del coche tenía agujetas en las piernas de la tensión que me producía. Ahora, conducir yo sola con la música muy alta y cantando a gritos es una de mis cosas favoritas del mundo. Pero me queda muy lejos ese triunfo ahora. Ahora, hay encima de mi pecho sensaciones que se asemejan a la aleta de un tiburón acercándose en zigzag, recordándome que esa presión tan específica en el esternón es una vieja amiga poco amable y avisándome de que tengo que ir saliendo de este mar con bandera roja. Pero también me queda muy lejos la salida ahora mismo. Y, además, está eso otro. El miedo más profundo, que repta por el asfalto como la niebla en una novela de Zafón y se cuela entre la ropa, congelándome los huesos hasta en el día más caluroso ...

Sueño de otra noche de verano.

Una hamaca bajo un sol que no quema, una brisa suave y una caricia en el pelo. El beso de la yema de unos dedos sobre una piel que se eriza, el roce de unos labios con mi hombro y el baile de una risa con la mía. Cierro los ojos bajo la luz dorada y respiro la calma de un abrazo que siento como el lugar más seguro del mundo. La vida parece más fácil mecida entre palabras bonitas y carcajadas que suenan a agua fluyendo entre dos pares de piernas enredadas. El aire es música suave y unos dedos bailan con los míos en una danza tranquila que se intercala con un zigzag en mi espalda, rozándola sin rozar, adueñándose de ella entera.  No quiero perderme ni un segundo de la magia de este momento. Y, entonces, me despierto un poco triste.

Julio.

Desde hace un tiempo he repetido que el mes de julio sólo trae cosas malas. Siendo sincera, sólo fueron dos los julios que me dejaron hecha un trapo tirado en el asfalto madrileño al sol. En verano, Madrid se vacía y aquellos julios el vacío lo sentí hasta los huesos. Sin embargo, ya no estoy tan segura de eso.  Empiezo a pensar que en julio pasan cosas que cambian el camino que voy siguiendo. A veces es una piedra con la que tropezar, a veces un rayo que me atraviesa entera y no me deja respirar. Otras veces, es un puente por el que cruzar de una orilla a otra. Y otras, todavía está por saber. Por primera vez, no me da tanto miedo lo desconocido, no me da miedo que descubran que no valgo nada ni me da miedo descubrir que no soy capaz. Por primera vez, y sin creérmelo demasiado aún. Pero sigue siendo verano. Me sigue asfixiando el calor y me sigo despertando a las tres de la mañana con el cuerpo empapado de sudor y la almohada de sueños que no son pesadillas, pero ojalá lo fu...

La última noche sin saber que tú existías.

Una de las cosas que aprendí el año pasado es que lo que parece el fin del mundo la mayoría de las veces no termina siendo el fin del mundo. Que nunca sabes cómo te va a sorprender la vida en cualquier momento. Por ejemplo, como el día en el que me desperté y no sabía que luego te iba a conocer. Como esa noche  que fue la última sin saber que tú existías. Intento repetirme eso, que no sé cómo me va a sorprender la vida mañana, ahora que pienso en ti más de lo normal (y lo normal es que piense mucho en ti). Pienso en si me arrepiento o no de las cosas que no sucedieron. Aunque sé que fue la decisión correcta, pienso en si preferiría haberme equivocado o si entonces ahora tendría un peso encima más grande y más cosas a olvidar sin querer olvidarlas. Ya te lo dije, me puede esa energía que desprendes y me contagias con tanta facilidad. Como de sol de verano pero que no quema, la luz reflejándose brillante en la superficie del agua o de olas de mar que embisten con fuerza y a la vez be...

No te quiero, pero

Yo no sé sentir a medias. A mí los sentimientos me llevan por delante, como cuando estás en la playa y viene una ola que no te esperas y acabas con agua, sal, arena y varios arañazos en la cara. Y más, cuanto más tiempo pasa. Y más, si me miras como me miraste tú el último día que nos vimos. No, no te quiero. No es posible, no te conozco. Pero me muero por conocerte, como dice la canción. Por saber qué desayunas, qué canción no soportas, qué te saca de quicio y qué te llena de paz cuando los días deciden torcerse. Por saber qué injusticias te sacan de tus casillas, cómo ordenas el cajón de los calcetines, cuál es tu color favorito y qué te encanta hacer cuando no te apetece hacer nada. ¿Prefieres series o películas? ¿Dulce o salado? La del frío y el calor me la sé, y desde entonces le doy una oportunidad al verano. No sé sentir a medias, en seguida me paso de frenada y, de repente, pongo un poco de corazón donde no viene a cuento. No, no quería quedarme toda la noche abrazada a ti en e...

Es verano aunque sea invierno.

El invierno duró más de lo normal porque le tuve miedo a una primavera vacía. Pero llegó junio, llegó el verano, y llegó el sol a besarme el pelo. De repente, no sé de qué color son tus ojos porque me da vergüenza mirarte a la cara y se me eriza la piel si me rozas de pasada. Un día me di cuenta de que todo el rato sonríes cuando me hablas y ya nunca más volví a fijarme en si había nubes o no. Y, ya ves, no hay más que contar, salvo un espejismo muy breve en que parecía que sí, pero resultó que no. Y no sé cómo explicarle a la gente que me da igual, que sigue siendo verano en invierno, que por primera vez eso está bien y que yo sé que igual este sol al final me acaba quemando, pero, de momento, me gusta notar cómo bailan las mariposillas en mi estómago cada vez que te voy a ver, cada vez que me acuerdo o cada vez que me invento un universo alternativo donde parece que sí y, al final, también. Desprendes todo el rato esa energía capaz de convencer a cualquiera de que al final t...

Alzando el vuelo.

Hoy, el cielo se ha roto. El suelo está lleno de azul, de reflejos de estrellas y de rayos de Sol. Un pedazo del rastro de un cometa, gotas de lluvia de nubes desechas. Sin querer, tropiezo con los restos del vuelo de un pájaro, y al tropezar, caigo y estoy volando. Con las plumas esparcidas por el suelo me coso unas alas. No tengo hilo ni aguja, tengo ganas y con eso me sobra. Sigo volando, cada vez más alto. El Sol no me quema porque está hecho añicos. No hay obstáculos que me paren, porque están todos en el suelo, y yo vuelo. Vuelo más, cada vez más, porque no hay murallas que me frenen. Roto, lo que antes era el cielo no es el límite. Creo que escribí esto en 2014 o 2015, no estoy segura. De lo que sí estoy segura es de que entonces era una gran mentira, aunque yo no me diera cuenta, y por eso lleva guardado en un cajón tantos años.  He pasado los últimos once años de mi vida, más o menos, echándome de menos. Echando de menos cómo era yo misma en algún momento del pasad...