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Entropía.

Me gusta la gente que tiene miedo y aún así salta. Que se despeina. Que siente con fuerza, se mancha los vaqueros de césped y se moja pelo cuando llueve. Me gusta la gente que improvisa e inesperada, la que canta sin miedo. Que se sonroja cuando algo le hace cosquillas en el corazón, que tiembla de nervios, a la que le brillan los ojos. Que se ríe de sí misma, que no le da miedo lo desconocido, que camina siempre como si tuviera un rumbo aunque se esté inventado el camino. Me gusta la gente que cree en el amor, que se vuelve cursi a veces, que se arriesga. Me gusta la gente que hace locuras, la gente a la que le vale la pena el esfuerzo, la que baila en el ascensor. Que lleva colonias suaves, que aparece de repente, que da besos en la frente. Me gusta la gente que mira fijamente a los ojos, que estalla en carcajadas y que llora de felicidad.  Me gusta la gente que lee en el tren, que marca el ritmo de las canciones que escucha con el pie, que inspira muy fuerte cuando hue...

Despedidas al despertar.

La ventaja de las pesadillas es que al final te despiertas. Que, afortunadamente, no son ciertas. Que al abrir los ojos puedes decir que era todo mentira con un suspiro de alivio. Que en la vida real estás a salvo. El problema está en esos sueños que te hacen creer que la pesadilla viene al despertarse. Como si dejar de soñar fuesen las doce campanadas de Cenicienta que rompen el hechizo. Todo se desvanece, como desaparece el humo alejándose cada vez más y más en el cielo, como una bombilla que se funde cuando el hilo no da para más. El telón se viene abajo. Fin.  El problema no está en las pesadillas que te hacen sufrir cuando duermes, sino en esos sueños a los que te mudarías a vivir para siempre sin despertar nunca. El problema está en que me creía a cubierto que tu voz, de tus palabras, de tu olor y tu manera de hablar. Pero mi subconsciente, director y guionista de cada uno de mis sueños, los tiene atesorados, a salvo de mi olvido.  Sueño con un...

Nadie se encontró si no estuvo perdido.

Lo que dura un parpadeo es lo que tardo en ponerle palabras a este cómo me siento que se ha escondido detrás de una interrogación tanto tiempo. Cierro los ojos y al abrirlos se me escapa por la boca. Perdida. Completa, total, y absolutamente perdida. Y sin embargo, no me da miedo no saber en qué punto estoy. No me asusta tanto como me asustaba cuando no sabía qué ocurría. No sé si tirar hacia mi derecha o mi izquierda, pero la incertidumbre no me intimida. Sólo me inquieta, un poco. Pero perderse significa que puedes acabar en cualquier lugar, sólo basta caminar y no quedarse quieto. Tal vez mi extravío sea el punto de partida que buscaba. Me permito cerrar los ojos y respirar. No sé a dónde voy, no necesito vigilar mis pasos. Basta con que camine hacia donde me apetezca caminar, porque no hay sendero pintado en el suelo, y así sólo se me multiplican las opciones. Quiero dar un rodeo a solas y volver a saber de mí. Contarme cómo me van las cosas y si quiero ir a pasos lent...

Tormenta de flores.

No hay tempestad que dure lo que dura un olvido, ni olvido que dure lo que tarda en llegar la calma. No puedo quedarme quieta porque te encuentro demasiado cerca, demasiado dentro, como para no darme cuenta de que estás. De que no estás. Necesito atrapar el brillo de la Luna para ti, pero se me escurre entre los dedos y me araña la piel.  Se me escapan las palabras y me siento como si quisiera encerrar el viento que corre en mis manos. Necesito una caricia que me calme el corazón y ponga voz a las canciones que no sé cantar. Que el aire que maltrato y convierto en gritos te avise. Necesito correr. Vivo a la espera de un cambio, un giro de 180 grados y una caída en picado. Un chaparrón que eche a perder esta capa de pintura. Una banda sonora que sustituya el silencio que quedó al cerrarse el ascensor. Un par de flores para que respire este campo de margaritas masacrado a base de decirme que no. De repente soy una niña enrabietada lanzándole puñetazos al aire, llorando porque ...

Destino entre interrogaciones.

Al cabo de un tiempo, volví a encontrar refugio entre las páginas de un libro, volví a dejarme atrapar y volví a olvidarme del paso de las horas en el reloj. Volví a ser un poco más yo. Con las mismas batallas pendientes, con las mismas tormentas desatadas y con el mismo puerto seguro donde amarrar de siempre. Sigo necesitando salir corriendo, huir lejos, cambiar. Pero, al menos, pretendo viajar leyendo. Las vías de un tren me llevarán a alguna parte, y las palabras de la historia que me acompañe me llevarán mucho más lejos aún. Y después, vendrá otra. Y luego otra más. Cada paisaje tendrá su propio verso en una canción de palabras inconexas que escribiré a trazos irregulares porque tengo las manos heladas. El granizo se estrella contra los cristales de mi vagón, y el sol me obliga a cerrar los ojos, y las nubes me tapan el azul del cielo, y hace frío y me asfixia el calor. Mi cuento para ir a dormir se emborrona con el vaivén del tren, perdió su argumento tiempo a...

Apnea.

La vida desde hace tiempo se convirtió en un paseo bajo el mar sin botella de oxígeno. Al principio tenía una angustia muy grande en el pecho, un dolor en los pulmones que gritaban pidiendo alimento. Poco a poco me acostumbré, pero no tengo muy claro si fue a no respirar o a escuchar el ruido que me venía de dentro.  Cerré los ojos por culpa de la sal, y continué el viaje a ciegas, recordando a veces que me faltaba un poco el aire, sin encontrar ese algo a lo que aferrarme cuando a cada brazada me quedo sin fuerzas. O cuando no tengo  ganas de esforzarme en nadar. Algo que me ayude a ir por donde tengo que ir cuando prefiero dejarme llevar. O cuando quiero dar media vuelta. Hace mucho desde la última vez que necesité inspirar una buena bocanada de aire y desde que noté como me crujían los pulmones, furiosos. Y de repente, en medio de este torbellino que me arrastra y yo, que no sé si quiero dejarme arrastrar u oponerme a su fuerza, he pensado que lo que más me ap...

Borrascas y poetas.

Todos los días tienen un momento en el que cabe poesía, en el que está permitido hablar de sentimientos, de lo que cuenta el corazón cuando late, de vulnerabilidad y fortaleza. En ese instante, vivimos a bordo de unos versos que componemos sin querer, que riman a la perfección, que tienen una métrica impecable. Porque el poema más perfecto es el que se siente sin pensar. A veces es hasta útil demostrarle al mundo que hay cosas que nos mueven por dentro. Que, al fin y al cabo, somos personas y no pedazos de acero inoxidable. Que la fortaleza está en quién tiene debilidades y las supera, no en quien vive con una armadura que le protege del mundo. Ese no es fuerte, sólo un poco estúpido. Evadirse no es una solución, es ser cobarde. A la gente le da miedo demostrar que siente algo, y a mí me da miedo la gente que parece no sentir nada. Cada vez que he intentado escribir un poema lo he acabado matando a tachones. Y, sin embargo, sólo me he atrevido con los versos...