La vista atrás.
A veces, si vuelves la vista atrás, sabes exactamente dónde están los picos máximos de felicidad. Yo los veo. Aquellos dos días, con sus dos noches. Y contigo, claro. Y sin nada más, porque sobraba todo.
Otras veces, echo la vista atrás y subo con cuidado hasta la cima de nuestra última colina escalada, para tropezarme de nuevo con mis errores y bajar rodando hasta el precipicio en que nos estrellamos. Y a mitad de camino ya me he hecho tanto daño que estoy llorando de nuevo. Han pasado por mis ojos a la velocidad del rayo mis equivocaciones, las personas en las que confié sin que se lo merecieran y todo ese tiempo que no paraba de decirnos que cada vez estábamos más lejos al que nunca quise creer.
Hace un momento ha sonado la canción que una vez me cantaste muy bajito al oído. Me voy, pero te juro que mañana volveré. Al partir, un beso y una flor, un te quiero, una caricia y un adiós. Y no he necesitado volver la vista atrás, porque de una patada me ha devuelto toda la angustia que guardaba yo dentro antes de aquel diciembre de rosas. La angustia que tenía por no tenerte. Exactamente igual que ahora.
De tanto viajar al pasado, vuelvo llena de polvo, de heridas, de agua salada en la cara, de fotos viejas, fechas inconexas, retazos de felicidad que no me paro a mirar demasiado de cerca, porque entonces me parece que nunca han pasado y que es todo mentira.
A veces pienso que lo único que espero de la vida es que vuelva a girar, como la maldita peonza que es. Otras veces me doy cuenta de que el único giro que quiero que dé es el que me devuelva otra vez contigo.
Comentarios
Publicar un comentario