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Derrota.

Eterno luchador siempre ganaste todas tus batallas incluso aquellas que ni tú sabías que librabas. Y yo, cabezota como siempre, me empeño en compararte con aquellos que se cruzan por mi vida pero tú, amor, eres huracán y ellos sólo son brisa. Es verano y te permito la entrada a mis pensamientos y te dejo campar a tus anchas y se me olvida que algún día de estos a golpe de lágrimas tendré que echarte sin que nadie pueda ayudarme a recoger los destrozos. Si en algún momento te olvido, lo hago como quien deja de ser consciente de que inspira y espira pero respira continuamente. Como una canción que suena  tan bajito y desde hace tanto que ya casi ni se escucha, y aún así a veces la melodía me obliga a romper a llorar. No existen poemas a tu altura ni me atrevo a intentar inventarlos pero no puedo tratar de contener las palabras si se me escapan en cascada entre los dedos porque mis manos se vuelven locas, locas y vacías, sólo por pensar en...

El primero.

Me tiemblan las manos histéricas, impacientes, acusadoras, exigentes, como una alarma de incendios que avisa que hay rincones de mi cuerpo a los que aún no ha llegado la mancha de tu marcha, esa que me derriba como una ola cuando se estrella contra un dique fabricado con el papel donde firmé que te querría siempre. A veces, todavía me parece que mi corazón late al ritmo que tú marcaste como una más entre tantas canciones. A veces, todavía me abrazo a tu nombre cuando, por la noche no consigo dormir. Voy a la deriva y no me atrevo a concretar si tus besos eran el mejor de los refugios o eran la tormenta perfecta. Tampoco me atrevo a recordar cómo era existir con tu piel pegada a la mía, o encontrar tus manos a oscuras y descubrir que la vida nunca había tenido tanta luz. Me da miedo el día en que a mi memoria vuelvan en tropel tu tacto, tu voz y el color de tu mirada porque si ahora te quiero como se quiere a un fantasma, y aún así soy un castillo de...

Juego de sombras.

Cómo voy a escribir lo que siento si lo desconozco. Si me tiembla el pecho y corro. Si se me empañan los ojos sin venir a cuento. Sólo pido que llegue el frío con su constante excusa para poder arroparme, porque el calor me deja desamparada y a la intemperie de este no sé qué que me llena o me vacía, según se mire.  De nuevo, pesadillas que no terminan al abrir los ojos y cuentos de hadas que se rompen en pedazos al sonar el despertador. De nuevo, una ciudad que es una jaula, una tortura, y a la vez, un hogar. De nuevo, esas ganas de ir muy lejos a algún lugar desconocido. De nuevo, esa necesidad de resetear la vida. Y el corazón. De nuevo, este hueco vacante bajo candado, y los engranajes de mi cabeza girando a toda velocidad, rugiendo, gritando. Pensando. No hay manera de parar esta catástrofe, no hay forma de que las piezas dejen de encajar, pero tampoco hay forma de juntar los pedazos rotos si me da miedo tocarlos. Lo único que queda de mi palacio son los cri...

Espera sin esperanza.

Hace tiempo, las noches de verano y yo éramos mejores amigas. Me asomaba a la ventana y corría una brisa débil, y la Luna brillaba y yo le contaba cosas. Era mi nexo con cualquier lugar, con cualquier persona. Era un consuelo, un baúl de deseos, una incondicional que cada noche volvía y yo volvía a encontrarme con ella. Las noches de verano eran inspiradoras, y las palabras brotaban solas entre sábanas y música. Escribir era tan fácil como respirar. Entonces, un día, la brisa débil se detuvo en seco, y la Luna apareció un día en el cielo afilada y cruel. Era un espejo que reflejaba cada deseo que le había formulado y que jamás se había cumplido. Peticiones caducadas que a estas alturas de la historia no tendría el valor de volver a suplicar. Al menos a alguien que no fuera yo y en silencio. Las estrellas brillan agónicas y anónimas en una ciudad que lucha por borrarlas del mapa, porque el cielo de Madrid no está hecho para ellas. Entonces, el verano se transformó en u...

Lo menos peor.

Julio trae el verano de vuelta, y los rayos de sol abrasan los muros de hielo que me salvaban de mí. Gota a gota se derriten, y gota a gota yo ardo. Me pongo a temblar, de recuerdos, de dolor, de miedo, de interrogación. Tiemblo, porque me aferré a un clavo ardiendo para evitar caer directamente sobre las llamas, pero empiezo a tener la piel calcinada. De nuevo, la mejor opción es la menos peor, la que me encoja menos el corazón y menos de vez en cuando, la que me obligue a esconderme bajo paredes congeladas de un grosor menor. Me propongo hacer caso a las señales de peligro que suelo pasar de largo cuando la imaginación se me va de las manos, me propongo no saltar al vacío sin asegurar el paracaídas, me propongo no olvidar jamás los por si acasos . Me propongo, en definitiva, vivir un poco menos para sobrevivir un poco más. Me rindo porque el fuego me quema las fuerzas y un par de ilusiones. Me rindo porque otra vez me he saltado la distancia de seguridad y me h...

En aquel "¿y si...?" me maté yo.

No voy a decirte que mi vida si no estás aquí no tiene sentido, ni que no sé ser feliz si no te tengo a mi lado. Tampoco voy a decir que no puedo vivir sin ti, ni que seas la condición inamovible para despertarme por las mañanas con ilusión. No pienso decirte nada de eso, porque sería totalmente mentira. Sin embargo, no es mentira que contigo todo es un poco más. Un poco más vivo, un poco más grande, un poco más brillante. Mejor. Un poco más inestable, un poco más cuerda floja, un poco más corazón acelerado. Qué miedo. Un poco más terremoto, un poco más sin palabras, un poco más abismo. Y me dejé caer, porque seguir en tierra firme ya no tenía sentido. Hay palabras que por dentro queman y se te clavan en los huesos. Hay palabras que te oprimen y te retuercen el corazón, y no te dejan respirar y se te agolpan en la boca gritando en silencio salir. Hay palabras a las que es mejor abrir las compuertas y dejar libres. Que vuelen, y ya el vien...

El arte de emocionarse.

Piensa en un momento en el que fueras inmensamente feliz. Qué bonito es emocionarse, emocionarse de verdad, y qué poco ocurre. Igual precisamente en eso resida la magia. Casi nunca nos acordamos de lo maravilloso que es respirar porque respiramos todos los días.  Empieza justo en el centro de la tripa, como un cosquilleo suave, unas ganas infinitas, una sonrisa nerviosa. Como la introducción dulce de una canción que habla de pájaros, de cielo, de libertad, de océanos y de felicidad. Y el hormigueo trepa desde la tripa hasta el pecho, y el corazón de repente late más deprisa, al compás de esa música. Después se extiende por los pulmones, los llena y los expande para que entre todo el aire posible, para que la melodía no pare ni un segundo. Entonces, el cosquilleo ya es un terremoto, y el pecho se le queda pequeño y necesita más. Y sube, garganta arriba, con decisión. Te inunda la boca, la abarrota de palabras, de intenciones, de aquí y ahora , de fel...