Entradas

Impuntualidad.

No me gusta la impuntualidad y, sin embargo, últimamente tengo la sensación de llegar tarde todo el tiempo. Como la tarde que salí a buscarte y tú ya te habías ido. Pido calma pero soy incapaz de no intentar correr en el sentido contrario a las agujas del reloj, sin poder casi respirar y sin saber qué estoy buscando. Y, sin embargo, si en algún momento consigo colocarme detrás de ellas, las empujo con todas mis fuerzas a ver si así avanzan más deprisa. Me peleo constantemente con el tiempo y sus tiempos, como si no supiera de sobra cómo lo cambia todo un instante sin que sepas cómo ni cuándo y sin darte espacio para preparte, cómo ya no puedes volver a ver las mismas cosas de la misma manera y cómo se te quedan tatuadas para siempre en los recuerdos y en el miocardio. Como cuando, después de haberme bajado mil veces en la misma estación de tren, un día lo hice para ir a un concierto de La Oreja de Van Gogh, y ahora siempre suenan en mi cabeza sus canciones cuando espero en ese andén. O...

Hallelujah.

Despacito, poco a poco, casi sin que te des cuenta. En forma de murmullo lejano, una voz pequeña susurra a medida que se va acercando cada vez un poquito más, mientras se le unen otras voces, también pequeñas, también en susurros, que también se acercan. Al acercarse, resulta que las voces no susurran, sino que cantan bajito, y también resulta que, a medida que avanza la canción, ganan fuerza y crecen. Muy poco a poco. Y, cuando crees que van a seguir creciendo, de repente, retroceden un poquito hacia atrás. No mucho, lo justo para dejarte con las ganas en las manos y en la garganta. Pero la canción vuelve. Vuelve más fuerte, más intensa, más grande, crecida, como un río de agua transparente corriendo cascada abajo, sin poder frenar la emoción. Y esa emoción, primero, te hace hormiguear la tripa, y después no es suficiente y te encharca los pulmones, te encoge el corazón y te ata la garganta. Sigue creciendo y la emoción ya, de manera literal, no te cabe en el cuerpo.  La emoción y...

Grecia.

La primera vez que fui a Grecia también tenía el corazón roto, aunque de una manera distinta. De la manera en que se rompe cuando dos personas de las que crees imprescindibles desaparecen de repente dando un portazo sin explicar por qué. Me enamoré de los atardeceres naranjas del mar Egeo, del caos, la dejadez y los grafitis de Atenas y de la belleza de unas ruinas que, pasado tanto tiempo, ya no eran ruinas sino un tesoro. Según los ojos con los que las mirases, podías ver piedras rotas (como mi corazón) o un recuerdo, una prueba latente de lo que había sido y de las vidas de tantas personas que habían pasado por allí. No es que sea excepcional, porque siempre que conozco un sitio nuevo ya estoy pensando en volver otra vez, pero antes de irme ya estaba queriendo volver. Y he vuelto, otra vez con el corazón un poco roto. Tiene que estarlo, porque, en algún lugar, tiene que haber una grieta por la que se va escapando todo lo que guarda dentro, porque lo siento vacío. E igual tampoco fal...

Señales, lecciones y libros.

Hace ya bastante tiempo dejé de ser la niña que iba leyendo mientras caminaba por la calle, sintiéndose una princesa Disney absorta cada día en una historia nueva, o la niña que leía a escondidas en clase de matemáticas, o la que se acostaba a las tres de la madrugada para saber qué pasaba después. Hace también bastante tiempo dejé de perderme entre los estantes de las librerías curioseando títulos, acariciando lomos, pasando páginas, leyendo contraportadas.  Y hoy, de repente, lo he vuelto a hacer. Entre un montón de libros, el título de uno de ellos parecía escrito para mí, como si hablara de mí y tuviera mi nombre. Al tenerlo en mis manos, lo primero que he pensado es que era muy grande y no me quedan huecos libres en las estanterías de mi habitación. Después, me dado cuenta de que era la secuela de otro libro que tendría que leer antes de llegar al que yo quiero. Así, he vuelto a casa: pensando en ese libro, en que no me queda sitio para él y que primero tengo que leer la prime...

Esta eterna sala de espera.

Vaya por delante que creo ciegamente que, por muy mal que salga todo, nunca sabes cuándo va la vida a darte una sorpresa que haga que no consigas  dormir por la noche de la emoción. Que vivo comida por la ansiedad pero que esa misma ansiedad oculta una esperanza infinita que confía en que, al final, de una manera u otra, todo va a salir bien.  Todo. Incluso eso que no va a salir bien. Tal vez por eso a veces disfruto de ese momento en el que absolutamente todo está torcido, por las noches no consigo dormir de angustia, nada sale bien y la luz al final del túnel no tiene fuerzas ni para parpadear con debilidad. Me reconforta ese vacío porque, a ciegas, creo sinceramente que todo puede estar a punto de cambiar. Porque necesito creerlo y necesito que cambie . Igual no pasa porque, aunque a veces parezca que nada puede  ir a peor, en el fondo  sí puede, pero no es una certeza que me convenga paladear demasiado. Persona  con miedo a tomar decisiones toma una decisión...

Cosas que no van a ningún lado.

Hoy me he despertado triste porque me he dado cuenta de que los besos que damos en sueños no los recibe nadie. Ni siquiera nosotros, que los soñamos una vez dormidos y mil veces más cuando estamos despiertos. Supongo que se quedan flotando en ese vacío de nada y todo, perdidos, como se pierden en nuestra garganta todas las palabras que no decimos  o en la pequeña llama de una vela todos los deseos que no soplamos. Me he despertado triste por no poder recuperarlos, enfadada con el frío que me ha hecho abrir los ojos y triste otra vez por no ser capaz de volver a cerrarlos con la velocidad suficiente para retomar el sueño donde estaba. Me he arropado y me he acurrucado abrazando la almohada, como si ella me fuera a devolver el abrazo, a darme un beso en la frente o dedicarme tres palabras de consuelo. Pero ya está. Ni me he vuelto a dormir, ni he  vuelto a soñar, ni he vuelto a besar.

De vocación, miedosa (tú puedes).

Persona con miedo a tomar decisiones por pánico a equivocarse toma una decisión y se equivoca.  Últimamente pienso mucho en cuando, en los primeros años con carnet de conducir, me daba tanto miedo que bajar en ascensor al garaje me ponía nerviosa y al bajarme del coche tenía agujetas en las piernas de la tensión que me producía. Ahora, conducir yo sola con la música muy alta y cantando a gritos es una de mis cosas favoritas del mundo. Pero me queda muy lejos ese triunfo ahora. Ahora, hay encima de mi pecho sensaciones que se asemejan a la aleta de un tiburón acercándose en zigzag, recordándome que esa presión tan específica en el esternón es una vieja amiga poco amable y avisándome de que tengo que ir saliendo de este mar con bandera roja. Pero también me queda muy lejos la salida ahora mismo. Y, además, está eso otro. El miedo más profundo, que repta por el asfalto como la niebla en una novela de Zafón y se cuela entre la ropa, congelándome los huesos hasta en el día más caluroso ...