El libro.

He pasado las páginas de este libro más rápido que pasaban los días de mi vida desde que decidiste no formar más parte de ella. He devorado las letras y las palabras que me contaban un cuento que ya me sonaba. Algunos párrafos eran un auténtico déjà vu. No sé exactamente en qué punto dejé de leer los nombres de los protagonistas y los cambié por el tuyo y el mío.

Me gusta porque ella narra la historia, y se la narra a él. Es como esa carta que te tengo guardada por ahí, en algún sitio, esperando a que la termine. A que tal vez algún día puedas leerla, o yo misma te la pueda leer.

Tampoco recuerdo el momento exacto en que el papel se transformó en el cristal de un espejo. Cuando empecé a sospechar que la tinta de la autora habría salido de mi propio corazón, de no ser porque el libro ya existía antes de que yo sintiera todo aquello que supuso tu adiós. 

Dicen que si lloras al terminarte un libro en el tren, la gente te mira raro. Dicen.

Quién sabe, tal vez esté empezando a escaparme. No lo sé. No pondría la mano en el fuego por un mí sin ti. Tal vez no siempre.


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