Pulsátil.

A veces creo que la vida funciona a pulsos inconexos.

Unos días tu ausencia se me viene encima como una presión que no me deja ni levantarme. Esos días estamos sentados en un pedazo de césped del Retiro, no importa cual. Sentados en un pedazo de césped me decidí a empezar toda nuestra historia y sentados en otro pedazo de césped le pusiste punto final. Fue un trabajo en equipo. Estos días la soledad me golpea y me lanza contra un pedazo de césped demasiado grande para mí sola.

Otros días, me aferro a las agujas del reloj, que siguen dando vueltas sin darse cuenta de que me arañan y me destrozan a cada segundo que pasa. Estos días, dejo mi corazón en stand by cuando me despierto, y dejo que el tiempo me lleve a dónde sea que quiera llevarme. Estos días, las briznas de hierba paralizan su crecimiento, la savia se les queda congelada. Sólo esperan, y yo te espero.

A veces, un pulso suave y casi imperceptible me normaliza las constantes vitales. Puedo pensar en ti y no se me encharcan los ojos, puedo acordarme de los dos pedazos de césped y no me tiemblan las manos. Incluso se me pasa por la cabeza la descabellada idea de dejar de quererte alguna vez. Pero el verde del suelo me lleva al verde de tus ojos, y me siega el corazón. Da un salto, frena y luego se acelera. Y quiere huir y no moverse. Sabe dónde estaría a salvo, tal vez corriendo justo en dirección contraria al que un día fue su refugio. Estos días me dueles en lo más hondo de mi alma.

Vivo a calambrazos. Del dolor al vacío, del vacío al pinchazo, y del pinchazo al dolor. Pero siempre verde.

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