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Llamadas perdidas.

Hace dos años, mi padre, que siempre llamaba, no llamó. Entonces, le llamé yo, y no contestó.  A veces, lo siento todavía como si fuese alguien con quien llevo mucho sin hablar. Y, de repente, me acuerdo. No creo que la muerte tenga derecho a cambiar el recuerdo que alguien te dejó cuando estaba vivo, pero también creo que, algunos días, está bien dejar entrar por un resquicio de la puerta la certeza de un duelo que, por inusual, o por callado, se te aferra una ferocidad que no podías imaginarte al principio.  La incertidumbre de las preguntas que nunca nadie va a responder es una sábana fría que no te deja dormir por las noches: qué pensamiento arrastra consigo un último suspiro, cuánta consciencia cargan los latidos que ya apenas tienen sentido.  ¿Podría haber hecho algo yo que hubiera hecho las cosas diferentes? Por otro lado, una evidencia: la soledad. Segunda evidencia: la muerte no tiene vuelta de hoja, no acepta arrepentimientos, no da segundas oportunidades. Terce...

Sueños en agosto.

Hace mucho tiempo, tenía pesadillas casi todas las noches. Cada una era diferente, pero en todas me perseguían para matarme, pedía ayuda y nadie me escuchaba o nadie me hacía caso. Una noche de estas, he vuelto a huir en sueños. Corría por unos pasillos de metro oscuros y desiertos, intentando escapar de un peligro que desapareció al despertarme. Desapareció el peligro, no el miedo. Ese se me quedó atenazado al cuerpo un rato más, por mucho que me empeñase en abrazar la almohada. No me gusta agosto, es el domingo de los meses, y no me gustan los domingos. La ciudad se vacía y los fantasmas aprovechan para rondar cuando no hay quién los ahuyente. A veces, se cuelan entre la rutina y el calor para aprisionarme el pecho muy fuerte cuando intento respirar. Otras veces, parecen querer romperme las costillas desde dentro. Otras, me dibujan deseos que se evaporan con asfixiados por el verano en Madrid. Sólo me apetece acurrucarme en un sofá, con la temperatura justa para arroparme con una man...

El vacío, la ausencia y la ausencia de vacío.

Todo tiene remedio, salvo la muerte. Siempre cabe un resquicio de esperanza, un “¿y si?”, una oportunidad de dejar para más tarde lo urgente o la posibilidad de que las cosas sean diferentes, hasta que llega ella y le corta el pulso, le apaga el vaivén del diafragma y le da un beso helado en los labios. Entonces, ya no queda nada. Y, a la vez, te queda todo por delante. Un día, te encuentras confesando en secreto que es posible sentir envidia del dolor ajeno. La envidia profunda y visceral de quien entiende que el duelo es lo que te desgarra por dentro al mirar a los ojos al vacío que alguien ha dejado. Y que, si no te desgarra, o falta vacío o llevabas mucho tiempo conviviendo con él. De repente, se abre un abismo bajo mis pies al echar de menos lo que nunca eché en falta. De repente, sueño con quien nunca había soñado, porque quiere, o quiero, despedirse. De repente, la eterna pregunta de cómo habría sido todo si todo hubiera sido distinto. Si él hubiera sido diferente. Quizá, estarí...

Me da igual.

Ahora que el mundo está loco -más de lo normal-, que rueda cuesta abajo la cordura y que, si te paras a pensarlo lo suficiente, nuestra propia existencia es un polvorín indeciso, a veces acabo preguntándome en qué rincón remoto, soleado y salado estarás últimamente. Pero me respondo muy deprisa. Me da igual. Trazaste en mi imaginación dibujos de escenas que tú veías efímeras y yo deseaba perennes. A veces aún se me vienen a la cabeza, probablemente porque, en medio de tanto caos, velocidad, humo y gris, lo que más me apetece es perderme en los brazos de una edredón blanco con la luz del sol colándose tamizada entre las cortinas, o con la lluvia repiqueteando suave contra las ventanas, poniendo la vida en pausa y sin pensar nada más allá de si el zumo del desayuno lleva, o no, pulpa. No te echo de menos tanto como parece, lo que ocurre es que sólo escribo cuando sueño contigo.  Y hoy he soñado contigo. Las calles eran las mismas, pero los locales, las tiendas, otros. Me encontraba e...

Vosotras

Vuelves a casa apretando el paso, con las manos cerradas alrededor de las llaves, haciéndote la sorda a los "¿a dónde vas, guapa? dime a dónde vas que yo voy contigo" que te siguen desde hace un rato. No sabes si echar a correr o no y, al final, decides simplemente seguir caminando rápido mientras entiendes, con una frialdad que asusta, que ellos son tres y tú una, y que, si quieren hacerte algo, te lo van a hacer igual. . Te falta un cocido. . Te sobra ese cocido. . Te acuestas con un chico, aunque no recuerdas nada. Él lo grabó todo y te amenaza con enseñarlo si se te ocurre decir algo. Pero, además ¿cómo se te va a ocurrir decir nada, si todo pasó porque estabas borracha? . ¿Pero qué dices? Estás loca . Un ocho de marzo, hace unos años, en la manifestación de Madrid, un cartel reza: “Sara, te quiero y te echo de menos”. Pensaste en todas las Saras y en las amigas, hermanas, madres, hijas de las Saras mientras se te rompía algo por dentro. Ha pasado tiempo, y sigues pensand...

Hoy he soñado contigo

Hoy ha salido el sol y yo he soñado contigo. Igual ha sido porque el otro día vi una tienda donde compran y venden vinilos, en la calle Esparteros, y pensé en ti y desde entonces lo estoy haciendo más de lo habitual. Era un sueño de los que se me repiten mucho, en los que huyo porque alguien, que no sé quién es, me persigue. Pero, al final del sueño, aparecías tú y ya no pasaba nada más. Ni huía ni me perseguían, sólo mi frente seguía estando a la altura exacta de tus labios y mi cuerpo encajaba a la perfección en el hueco de tus brazos. Y ya está. Me he despertado con una punzada de dolor en el costado y enfadada. No contigo, ni conmigo, con la forma de ser de las cosas.  Una vez escribí que, a veces, mis textos son una necropsia y las necropsias significan que algo se ha muerto. A mí la muerte me da mucho miedo. Me da miedo que duela y me da miedo lo definitiva que es, después de ella sólo hay un "nunca más". No hay segundas oportunidades, no hay vuelta de hoja, no hay arre...

Tormentas en mitad del océano.

He estado estos días un poco regular, pero no pasa nada, a todos nos rompen el corazón alguna vez. Además, tampoco creo que ésta haya sido la más grave que he vivido, aunque no voy a mentir, alguna fisura hay y, doler, duele. Estoy dolida y enfadada con la manera de girar que tiene la Tierra sobre su eje y con cómo los engranajes que mueven todo en la vida encajan perfectamente entre sí para que otras cosas, personas o historias, no puedan encajar nunca. Me da miedo sentirme estúpida, imaginarte pensando qué chica más tonta que se engancha a la nada sin ningún motivo y recordarme que siempre supe todos los motivos por los que no, pero me iba a dormir pensando que ojalá sí. A veces, parece que me quiero arrepentir de no haber fingido que me importabas menos de lo que en realidad me importabas, por si así hubiera podido apurarte un par de besos más. Pero no dura demasiado. Sé que piensas que pienso mucho las cosas, pero también las siento tanto y tan intensamente que habría sido imposibl...

De la lluvia y otras cosas.

Los adoquines brillan plateados y reflejan la luz dorada de las farolas bajo una lluvia que cae lenta, como perezosa, y vacía calles habitualmente atestadas de gente, invitando, irónicamente, a pasear bajo un paraguas que no sirve de mucho. No suena música, porque para que fluya la inspiración una tiene que aburrirse un poco a veces. El susurro del agua acaricia el suelo, los paraguas, los árboles y mi pelo con cierta vergüenza, como si no quisiera que nos demos cuenta de que está ahí, pero calando todo a su paso, con paciencia y timidez. Y yo, vergonzosa, impaciente y tímida, me dejo llevar Paseo del Prado abajo, sin cinturón de seguridad que me proteja del ataque de todo eso que querría tener y no voy a tener. De los domingos por la tarde que valen la pena, las caricias en el dorso de la mano, dos pares de piernas entrelazadas, las promesas que no da miedo hacer, los besos en la piel erizada o el refugio para mi nariz congelada en el cuello exacto. De la calma y el pulso acelerado, l...

La temporada tres

Estoy viendo una serie de esas de hace 20 ó 30 años, de siete temporadas y veinticinco capítulos por temporada, en las que las cosas suceden despacio. En las que El beso, ese beso tonto que llevas esperando desde casi el principio, no llega hasta el capítulo 13 de la temporada 3. En las que la paciencia te acaba recompensando con una historia de esas que se quedan grabadas a fuego en la memoria para siempre. Me gusta pensar que también me gusta así la vida. Lenta, con las cosas sucediendo despacio. Creo fervientemente que es la mejor forma de que sucedan. También sé que nunca debes dar nada por hecho, que de repente la vida, de un volantazo, coge la salida que no esperabas y te empieza a llevar, aunque tú no quieras, por un camino de piedras, hasta el rincón con las vistas más bonitas que nunca podrías haber imaginado. También sé que me come la impaciencia, y reconozco en mis manos el hormigueo eléctrico de cuando se sienten vacías. Y me hormiguea de esa forma toda la piel. No sé p...

Mariposa.

El nudo en el estómago aprieta fuerte, bajo todas esas las losas que parece que se multiplican sólo para descansar su peso encima de tus hombros, de tus párpados, de tus pies, haciéndote dudar de cada uno de tus pasos.  De repente, todo es confuso, todos los escalones son demasiado altos, las aceras se mueven demasiado deprisa y ahí estás tú, clavada a los adoquines, a punto de perder el equilibro y de llenar el suelo de trozos de cristal desparramados.  Un abrazo entre dos desconocidos que están saliendo de clase se te clava como un puñal infectado con todo aquello que jamás tuviste y que, hasta ahora, no habías echado de menos. Pero entonces, a la luz naranja de una farola, te sientes con la vulnerabilidad de quien ha sido atracado. Como si, tanto tiempo después, fueses consciente de que te han robado algo que jamás va a volver. Se te cuela el frío entre la ropa y no parece que ninguna manta sea capaz de combatirlo. Tal vez, no es ese tipo de frío el que tienes, ni es e...

Agua y brasas.

A veces, no queda mucho más que hacer que observar cómo las cosas, sencillamente, van desapareciendo poco a poco.  Como una rama seca devorada por el fuego, como las llamas cuando nada las alimenta o como un bloque de sal se disuelve al paso constante del agua.  Realmente, no es culpa de nadie. Ni de quien no sentía lo que su corazón no podía sentir ni de quien no quiso conformarse con menos. Porque no existe el amor a medias. Y, aún así, créeme que no es tan sencillo dejar las cosas ir. Intentas aferrarte a lo bien que te hicieron sentir durante un momento, a cómo podría haber sido todo si todo hubiese sido distinto. Intentas agarrar con las manos ese torrente de agua que se te escapa entre los dedos disolviendo todo a su paso.  Porque, por más que viva de esperanzas más de lo juiciosamente recomendable, ni las esperanzas ni los deseos pueden vivir del aire eternamente. Ningún fuego sobrevive sin oxígeno. Y, además, en realidad, todo siempre ha sido nada. Me molesta y, a...

Contracorriente

Últimamente sueño muchas cosas, escenas inconexas e inconclusas que se mezclan y de las que apenas recuerdo una imagen breve que no dice nada. Personas que no están, personas que no tiene sentido que estén, lugares de los que me voy a marchar y lugares en los que hace mucho que no pienso. Entre ellas, hoy he soñado que me quedaba dormida en un sofá plagado de alfileres que me ayudabas a esquivar, arropada por la dulzura de unas caricias que iban y venían desde mi tobillo hasta el empeine. Tal vez eso me hace falta: descansar en medio de todo con la seguridad de que, mientras, alguien te cuida. Después, mi abuela traía una cajita de tejas de almendra y yo te decía que igual te sabían demasiado dulces. Pero no, decías que estaban perfectas así. Últimamente también siento como una losa el peso del paso del tiempo sobre mi espalda, de los sueños que quería alcanzar y no estoy alcanzando y la terrible consciencia de que las hojas del calendario no pasan sólo para mí, sino para aquellos que ...

Aún me acuerdo de todo.

Probablemente tú no te acuerdes pero yo no lo he olvidado, ni se me ha ocurrido querer intentarlo. Recuerdo el roce de tu mano en mi codo, tus labios y los míos y mis dedos en tu pelo. Mi nudo en el estómago, tus manos en mi tripa, intentando deshacerlo pero no consiguiéndolo. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan a gusto en ningún sitio como en tus brazos. Lo quería todo y no pude permitirme el lujo de tener menos. Al final, apenas tuve nada más allá de un esbozo tembloroso a sucio cuando yo lo que más deseaba era derramar toda la tinta sobre el papel. Y ese dibujo a lápiz en cristales empañados me sirve ahora para no acordarme de olvidarme de ti cada día un rato, al abrazar la almohada antes de irme a dormir. Para jugar con el fuego de fantasear y soñar despierta con lo que ni podría haber sido ni podrá ser. Parece que me queman las manos mientras lo escribo. También me acuerdo del último día volviendo a casa, incapaz de no sonreír e incapaz de ignorar que aquello iba a doler. Un d...

Encaje.

En algún momento tendrá que dejar de temblarme el suelo y el cuerpo cada vez que me acuerdo del recorrido de las yemas de tus dedos en mi piel, cosiéndote a caricias en mi memoria. Creyendo, quizá, que es sólo un pespunte chapucero que podría deshacer en cuanto llegase a casa. Pero nada más lejos de la realidad. En lugar de eso, se me quedó enganchado al miocardio el encaje más delicado e injustificado que podía imaginarme, de esos que sólo quieres que te quiten a besos para besarte mejor.  Qué vergüenza. Desde hace mucho tiempo sé que, ojos que no ven, corazón que se salta la señal de peligro, y por eso me los vendé y fingí no saber que habías venido. También fingí no saber que te tenías que ir, para dejar siempre un espacio a la esperanza de encontrarte de repente que se comiera al miedo de no verte nunca más. Es absurdo, perdóname. Pero algunas veces suelo recostar mi cabeza en el hombro de la Luna, y le hablo de muchas cosas. De esta amante inoportuna que se llama Soledad y de ...

La canción más triste del mundo

El 11 de enero de 2015, bajo un cielo insultantemente azul y entre los acordes de una canción de Joan Manuel Serrat insultantemente alegre que sonaban insultantemente alto en mi cabeza, un pedazo del mundo dejó de ser lo que era. A veces, necesitas tiempo y calma para saber el momento exacto en el que las cosas dejan de ser como son y cambian irremediablemente. El 11 de enero de 2015, mientras el sol de invierno se colaba a través de unas cristaleras que preferiría no haber conocido jamás, yo sabía que algo se había roto y que difícilmente tendría arreglo. Ella, tan menuda, que se sentía la persona más pequeña e insignificante del mundo, resultó ser el cemento que mantenía las cosas en pie, quien tenía la carcajada que conseguía que las tinieblas estuvieran todo el rato llenas de luz. Serrat se burlaba sin quererlo diciendo que   podía ser un buen día (y, además, mañana también) sin saber que la vida se quedaba un poco más vacía y cada silla en una casa de Madrid se quedaba un poco...

La chica que cambia el agua a las rosas muertas

Hace tiempo, con el corazón hecho trocitos, me regalaron una rosa en mi cumpleaños y me hizo tanta ilusión que seguí cuidándola, mirándola y cambiándole el agua incluso cuando ya estaba cabizbaja y le crujían los pétalos. Me di cuenta de que soy la chica que cambia el agua a las flores incluso cuando están muertas. Literal y metafóricamente también. Paso las páginas pero doblo las esquinas de mis favoritas para releerlas de vez en cuando. Para paladear las sensaciones bonitas, las palabras que acarician o calman, las palabras de amor o de verdad, las de esperanza y las afiladas que se clavan en la piel, haciéndote daño para curarte, como una inyección o una vacuna. Paso las páginas pero doblo las esquinas hasta que el libro se acaba deshaciendo entre mis dedos de puro agotamiento. Cambio el agua de las flores muertas hasta que el terciopelo se vuelve áspero y reseco, ya no hay rastro del olor y sólo me quedan hojas marchitas en las manos al intentar acariciarlas. De momento, voy a camb...

Impuntualidad.

No me gusta la impuntualidad y, sin embargo, últimamente tengo la sensación de llegar tarde todo el tiempo. Como la tarde que salí a buscarte y tú ya te habías ido. Pido calma pero soy incapaz de no intentar correr en el sentido contrario a las agujas del reloj, sin poder casi respirar y sin saber qué estoy buscando. Y, sin embargo, si en algún momento consigo colocarme detrás de ellas, las empujo con todas mis fuerzas a ver si así avanzan más deprisa. Me peleo constantemente con el tiempo y sus tiempos, como si no supiera de sobra cómo lo cambia todo un instante sin que sepas cómo ni cuándo y sin darte espacio para preparte, cómo ya no puedes volver a ver las mismas cosas de la misma manera y cómo se te quedan tatuadas para siempre en los recuerdos y en el miocardio. Como cuando, después de haberme bajado mil veces en la misma estación de tren, un día lo hice para ir a un concierto de La Oreja de Van Gogh, y ahora siempre suenan en mi cabeza sus canciones cuando espero en ese andén. O...

Hallelujah.

Despacito, poco a poco, casi sin que te des cuenta. En forma de murmullo lejano, una voz pequeña susurra a medida que se va acercando cada vez un poquito más, mientras se le unen otras voces, también pequeñas, también en susurros, que también se acercan. Al acercarse, resulta que las voces no susurran, sino que cantan bajito, y también resulta que, a medida que avanza la canción, ganan fuerza y crecen. Muy poco a poco. Y, cuando crees que van a seguir creciendo, de repente, retroceden un poquito hacia atrás. No mucho, lo justo para dejarte con las ganas en las manos y en la garganta. Pero la canción vuelve. Vuelve más fuerte, más intensa, más grande, crecida, como un río de agua transparente corriendo cascada abajo, sin poder frenar la emoción. Y esa emoción, primero, te hace hormiguear la tripa, y después no es suficiente y te encharca los pulmones, te encoge el corazón y te ata la garganta. Sigue creciendo y la emoción ya, de manera literal, no te cabe en el cuerpo.  La emoción y...

Grecia.

La primera vez que fui a Grecia también tenía el corazón roto, aunque de una manera distinta. De la manera en que se rompe cuando dos personas de las que crees imprescindibles desaparecen de repente dando un portazo sin explicar por qué. Me enamoré de los atardeceres naranjas del mar Egeo, del caos, la dejadez y los grafitis de Atenas y de la belleza de unas ruinas que, pasado tanto tiempo, ya no eran ruinas sino un tesoro. Según los ojos con los que las mirases, podías ver piedras rotas (como mi corazón) o un recuerdo, una prueba latente de lo que había sido y de las vidas de tantas personas que habían pasado por allí. No es que sea excepcional, porque siempre que conozco un sitio nuevo ya estoy pensando en volver otra vez, pero antes de irme ya estaba queriendo volver. Y he vuelto, otra vez con el corazón un poco roto. Tiene que estarlo, porque, en algún lugar, tiene que haber una grieta por la que se va escapando todo lo que guarda dentro, porque lo siento vacío. E igual tampoco fal...

Señales, lecciones y libros.

Hace ya bastante tiempo dejé de ser la niña que iba leyendo mientras caminaba por la calle, sintiéndose una princesa Disney absorta cada día en una historia nueva, o la niña que leía a escondidas en clase de matemáticas, o la que se acostaba a las tres de la madrugada para saber qué pasaba después. Hace también bastante tiempo dejé de perderme entre los estantes de las librerías curioseando títulos, acariciando lomos, pasando páginas, leyendo contraportadas.  Y hoy, de repente, lo he vuelto a hacer. Entre un montón de libros, el título de uno de ellos parecía escrito para mí, como si hablara de mí y tuviera mi nombre. Al tenerlo en mis manos, lo primero que he pensado es que era muy grande y no me quedan huecos libres en las estanterías de mi habitación. Después, me dado cuenta de que era la secuela de otro libro que tendría que leer antes de llegar al que yo quiero. Así, he vuelto a casa: pensando en ese libro, en que no me queda sitio para él y que primero tengo que leer la prime...