El cielo de tus brazos.
El cielo nos acariciaba la cara y los rayos de Sol nos vestían... ¿te acuerdas? No recuerdo mayor felicidad. Volábamos.
Hoy, bien anclada a la tierra, no hay nubes ni luz, sólo una bóveda celeste y congelada. Ni vuelo ni tengo ganas de volar, sólo una necesidad enorme de abrir las alas y batirlas fuerte. De irme de aquí.
El recuerdo se cuela entre mis pestañas y si cierro los ojos vuelvo a verlo todo, casi como si fuera presente. Pero te empeñaste en convertirte en pasado, tus ojos verdes pasaron a grises. El azul y las nubes se transformaron en blanco y negro.
Pues claro que quiero despegar, claro que mi corazón late un poco más vivo si pienso en volver a acariciar el aire. Pero después se me para y cruje. De sobra sabemos, él y yo, que el único capaz de despegarme los pies del suelo eres tú.
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